martes, 5 de noviembre de 2013

POESÍA 10: "EMBRIÁGUENSE" DE CHARLES BAUDELAIRE.


EMBRIÁGUENSE



Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

“¡Es hora de embriagarse!"

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.


Charles Baudelaire.

lunes, 4 de noviembre de 2013

EPÍGRAFE :"¡QUÉ LEJOS ESTOY DE TODO! DE LA OBRA "EN LAS CIMAS DE LA DESESPERACIÓN" DE E.M. CIORAN.

¡QUÉ LEJOS ESTOY DE TODO!



Ignoro totalmente por qué hay que hacer algo en esta vida, por qué debemos tener amigos y aspiraciones, esperanzas y sueños. ¿No sería mil veces preferible retirarse del mundo, lejos de todo lo que engendra tumulto y sus complicaciones? Renunciaríamos así a la cultura y a las ambiciones, perderíamos todo sin obtener nada a cambio; pero ¿qué se puede obtener en este mundo? Para algunos, ninguna ganancia es importante, pues son irremediablemente desgraciados y están irremisiblemente solos. ¡Nos hallamos todos tan cerrados los unos respecto a los otros! Incluso abiertos hasta el punto de recibirlo todo de los demás o de leer en las profundidades del alma, ¿en qué medida seríamos capaces de dilucidar nuestro destino? Solos en la vida, nos preguntamos si la soledad de la agonía no es el símbolo mismo de la existencia humana. Querer vivir y morir en sociedad es una debilidad lamentable: ¿acaso existe consuelo posible en la última hora? Es preferible morir solo y abandonado, sin afectación ni gestos inútiles. Quienes en plena agonía se dominan y se imponen actitudes destinadas a causar impresión me repugnan. Las lágrimas sólo son ardientes en la soledad. Todos aquellos que desean rodearse de amigos en la hora de la muerte lo hacen por temor e incapacidad de afrontar su instante supremo. Intentan, en el momento esencial, olvidar su propia muerte. ¿Por qué no se arman de heroísmo y echan el cerrojo a su puerta para soportar esas temibles sensaciones con una lucidez y un espanto ilimitados?
Aislados, separados del mundo, todo se nos vuelve inaccesible. La muerte más profunda, la verdadera muerte, es la muerte causada por la soledad, cuando hasta la luz se convierte en un principio de muerte. Momentos semejantes nos alejan de la vida, del amor, de las sonrisas, de los amigos -e incluso de la muerte. Nos preguntamos entonces si existe algo más que la nada del mundo y la nuestra propía.

E.M. Cioran.

"MALAS DE CUENTO" POR SOLEDAD PUÉRTOLAS.

"MALAS DE CUENTO" POR SOLEDAD PUÉRTOLAS.



Blancanieves y La Cenicienta, que en realidad es una especie de patito feo, lograron una popularidad enorme gracias a Walt Disney. Eran historias que no podían dejar indiferente a una niña. Dos historias de madrastras, por cierto. Curioso, ¿no? La madrastra de Blancanieves, además, es bruja. El famoso espejito en el que se mira para asegurarse de que su belleza no tiene rival en su reino la pone en relación directa con las fuerzas del mal. La madrastra de Cenicienta, sin embargo, es simplemente una mujer mala. Humilla constantemente a su hijastra y le encarga los más fatigosos trabajos de la casa, mientras no escatima dineros para vestir lujosamente a sus hijas con la idea de casarlas bien. Esta mala mujer carece de poderes sobrenaturales. Es Cenicienta quien, al final, accede a la magia.

En todo caso, una, bruja, otra, simplemente malvada, son prototipos de la madrasta que odia a su hijastra. No deja de ser llamativa esta presencia tan poderosa de las madrastras en los cuentos infantiles. Si la niña o la joven tienen al enemigo dentro de su círculo familiar, ¿cómo no se va a presentir toda una sucesión de peligros? Pero de esto tratan los cuentos, de obstáculos y dificultades. Blancanieves  y Cenicienta son dos jovencitas desvalidas a las que hay que salvar.

El tremendo episodio ha sido abundantemente comentado, dada la potencia de la imagen. El lobo, negro y peludo, vestido con camisón blanco y tocado con una cofia, supone en contraste casi insoportable con la dulce e inocente niña. Pero, una vez que nos hemos dado cuenta de que en este cuento hay una madre, volvamos a ella. Y, de pronto, nuestra cabeza se llena de preguntas. ¿A quién se le ocurre mandar a la niña sola a casa de la abuelita teniendo que pasar tan cerca del bosque, un lugar peligroso por definición? Esta madre, ¿no será en realidad una madrastra?, ¿por qué, si no, envía a la niña a un lugar y a una hora tan inconvenientes? Lleva la merienda, luego es por la tarde, que linda con la noche. Bosque y noche, dos peligros clarísimos. Lo del lobo ha sido algo imprevisto. O quizá no: quizá la madrastra conoce la existencia del lobo, que tiene su guarida en el bosque. Quizá confiaba en que la niña, que es curiosa, se internaría por el bosque, se perdería y se toparía al fin con el lobo, que la mataría.

Como las madrastras malas quieren deshacerse de sus hijastras, tenemos muchas razones para suponer que la madre de Caperucita bien podría haber sido madrastra y no madre. Muerta Caperucita, la madrastra se queda con el padre de la niña para ella sola. La jugada le ha salido perfecta. Más aún, si, como sospechamos, la abuelita, a la que también se ha comido el lobo, es la madre del padre de Caperucita y, como es lógico, no se lleva nada bien con la nueva mujer de su hijo. Si todo esto es así, está claro que la madrastra ha matado dos pájaros de un tiro.

Si optamos por atenernos a la figura de la madre, llegaríamos a una conclusión igualmente inquietante: la madre es una perfecta estúpida. No tiene ningún sentido que envíe a su hija en medio de la tarde y con el bosque a sus puertas a casa de la abuelita. Sus advertencias de peligro, como debería de saber, se convierten en incitación, en tentación. Una madre tonta acaba siendo una mala madre.

Pero los cuentos infantiles no son realistas, sino simbólicos. Hay muchas más madrastras y brujas que madres bondadosas. La protección materna eliminaría la tensión. En compensación, existen las hadas. Estas bellas y etéreas mujeres, que también tienen complicadas historias a sus espaldas, se encargan de ayudar a los protagonistas de los cuentos cuando se hallan más desesperados. Por eso, sin duda, me gustaban tanto estos cuentos. Siempre podías contar con la intervención oportuna y mágica de las hadas.

La presencia del mal en el mundo, sostiene Jung, es un hecho evidente y, en consecuencia, no podemos descartar el proceso de aprendizaje que nos brindan los cuentos. Lo tremendo, lo terrible, lo incomprensible, es parte de la vida, y la imaginación es un instrumento poderoso para nuestra sobrevivencia. 


Soledad Puértolas.






POESÍA 9: "DESNUDA" DE PABLO NERUDA.


DESNUDA




Desnuda eres tan simple como una de tus manos, 
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente, 
Tienes líneas de luna, caminos de manzana, 
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba, 
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo, 
Desnuda eres enorme y amarilla 
Como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día 
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja 
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.


Pablo Neruda.

RELATO: "SONRISA" DE D. H. LAWRENCE.

"SONRISA" DE D. H. LAWRENCE



Había decidido no acostarse en toda la noche, en una especie de penitencia. El telegrama decía simplemente: "Ofelia estado crítico". Sentía, dadas las circunstancias, que meterse en la cama del wagon-lit sería frívolo. De modo que se quedó sentado, abrumado, en el vagón de primera clase, mientras la noche caía sobre Francia.

Él, sin duda, debería encontrarse junto al lecho de enferma de Ofelia. Pero Ofelia no lo quería. De modo que estaba sentado en el tren.

Muy hondo dentro de él había un peso negro y grave, como un tumor lleno de puras tinieblas que pesara sobre sus entrañas. Siempre se había tomado la vida seriamente. Ahora la seriedad lo aplastaba. Su hermoso rostro moreno y bien afeitado podía haber sido el de Cristo en la Cruz, con las espesas cejas negras enarcadas en aturdida angustia.

La noche en el tren era como un infierno: nada era real. Dos inglesas avejentadas sentadas frente a él habían muerto hacía rato, quizá antes que él. Porque, naturalmente, él estaba muerto.

El amanecer, lento y gris, asomó en las montañas de la frontera, y lo contempló sin verlo. Pero su mente repetía:

"Y cuando llegó el alba, opaca y triste
y fría de lluvia temprana,
se cerraron sus ojos tranquilos: veía
un alba que no es la  nuestra".

Y en su rostro de monje, inmutable y atormentado, no había rastro del desprecio que sentía, incluso autodesprecio, por aquel paso de lo sublime a lo ridículo, según el juicio de su mente crítica.

Estaba en Italia. Contemplo el paisaje con leve aversión. Incapaz de sentir más intensamente, sentía tan solo un gustillo de aversión al ver los olivos y el mar. Una especie de estafa poética. 

Había vuelto a caer la noche cuando llegó a la casa de las Hermanas Azules, que Ofelia había elegido  para retirarse. Le condujeron hasta el despacho de la madre superiora, en el palacio. La monja se puso en pie y le dirigió una silenciosa inclinación de cabeza, mirándolo de frente. Luego dijo, en francés:

- Me apena decírselo. Ha muerto esta tarde.

Él se quedó inmóvil, sin ningún sentimiento demasiado intenso, de cualquier modo, pero mirando el vacío desde su hermoso rostro de monje de fuertes rasgos.

La madre superiora le puso suavemente su blanca y hermosa mano en el brazo y le miró al rostro, apoyándose en él.

-¡Valor! -dijo, dulcemente-. Valor, ¿no?

Él dio un paso atrás. Siempre le asustaba el que una mujer se apoyara en él de aquel modo. La madre superiora, con su voluminoso ropaje, era muy mujer.

-¡Claro! -repuso en inglés-. ¿Puedo verla?

La madre superiora hizo sonar una campana, y apareció una monja joven. Era más bien pálida, pero había algo ingenuo y travieso en sus ojos color avellana. La mujer mayor murmuró una presentación, y la mujer joven hizo una leve reverencia modesta. Pero Matthew le tendió la mano, como un hombre que se aferra al último asidero. La joven monja abrió sus blancas manos y, tímidamente, puso una de ellas en la suya, pasiva como un pájaro que duerme.

Y, en los insondables abismos de sus tinieblas, él pensó: "¡Qué mano tan bonita!".

Siguieron un corredor hermoso, pero frío, y llamaron a una puerta. Matthew, mientras andaba en lejanos abismos, seguía consciente de la suave y agradable voluminosidad del ropaje negro de la mujer que se movía con dulce y revoloteante apresuramiento delante suyo.

Se sintió aterrado cuando se abrió la puerta. Vio arder las velas alrededor del lecho blanco en la alta y noble habitación. Junto a las velas estaba sentada una monja, y vio su rostro moreno y primitivo enmarcado por la cofia blanca cuando alzó la mirada de su breviario. Luego se puso en pie. Era una mujer robusta. Hizo una leve reverencia, y Matthew percibió unas manos color crema oscuro moviéndose sobre un rosario negro sobre la rica seda azul de su pecho.

Las tres hermanas se juntaron en silencio, pero revoloteantes y muy femeninas, con sus voluminosas faldas de seda negra, al lado de la cabecera. La madre superiora se inclinó, y, con extrema delicadeza, alzó el velo de estopilla blanca que cubría el rostro muerto.

Matthew vio la hermosa serenidad de la muerte en el rostro de su mujer, y, al instante, algo parecido a la risa brincó en las profundidades de su ser, emitió un leve quejido, y una extraordinaria sonrisa se abrió en su rostro.

Las tres monjas, a la luz de las velas que temblaba cálida y veloz como un árbol navideño, le observaban con miradas de profunda compasión por debajo de las viseras de sus cofias. Eran como un espejo. En seis ojos apareció un ligero temor sobresaltado, y luego los seis pasaron, desconcertados, al asombro. Y en las caras de las tres monjas, irremediablemente encaradas con él a la luz de las velas, empezó a asomar una extraña sonrisa involuntaria. En las tres caras, la misma sonrisa crecía de modos muy distintos, como tres flores primorosas que se abren. En el caso de la monja joven, era casi congoja, con un toque de travieso éxtasis. Pero el moreno rostro liguriano de la monja que velaba, una cejijunta mujer madura, se rizó en una sonrisa pagana, lenta, infinitamente sutil en su humor arcaico. Era la sonrisa etrusca, sutil y descarada, e incontestable.

La madre superiora, cuyo rostro de fuertes rasgos tenía algo que lo asemejaba al de Matthew, intentó con todas sus fuerzas no sonreír. Pero mantuvo su mentón voluntarioso y malévolo alzado, y fue bajando el rostro a medida que aquella sonrisa crecía, y crecía, y crecía en él.

La joven hermana pálida se tapó repentinamente el rostro con la manga,  mientras su cuerpo se convulsionaba. La madre superiora pasó el brazo por los hombros de la muchacha y murmuró, con emoción italiana:

"¡Pobrecilla! ¡Llora, llora, pequeña!"

Pero la risa ahogada seguía ahí, debajo de la emoción. La robusta monja morena se mantuvo impávida, empuñando las cuentas negras, pero con la silenciosa sonrisa inmutable.

Matthew se volvió de pronto hacia la cama para ver si su mujer difunta le había mirado. Fue un movimiento de miedo.

Ofelia yacía, tan linda y enternecedora, con su muerta naricilla respingona apuntando al techo y su rostro de niña obstinada fijado en la obstinación final... La sonrisa desapareció en Matthew, y el aspecto de supremo martirio la sustituyó. No lloraba; tan sólo miraba sin ánimo. Tan sólo en su rostro se acentuó el aspecto de: "Sabía que este martirio me estaba reservado".

Ofelia estaba tan linda, tan pueril, tan lista, tan obstinada, tan cansada...¡y tan muerta! Se sintió completamente vacío.

Habían estado casados diez años. Él no había sido perfecto...¡No, no! ¡De ninguna manera! Pero Ofelia había querido siempre hacer su voluntad. Ella le había amado, y se había obstinado, y le había dejado, y se había puesto melancólica, o despectiva, o colérica, una docena de veces, y una docena de veces había vuelto junto a él.

No habían tenido hijos. Y él, sentimentalmente, siempre había deseado tenerlos. Se sentía muy abundantemente triste.

Ahora ella jamás volvería a su lado. Era la treceava vez, y ella se había marchado para siempre.

Pero, ¿se había marchado para siempre? Incluso mientras lo pensaba, la sentía darle codazos en alguna parte, en las costillas, para hacerle sonreír. Tuvo una leve contracción y hubo en su frente un fruncimiento irritado. ¡No iba a sonreír! Afirmó sus fuertes mandíbulas bien afeitadas y descubrió los dientes mientras bajaba la mirada a la mujer muerta tan profundamente provocativa. "¡Volvamos a ello!" deseaba decirle, como el personaje de Dickens.

Él no había sido perfecto. Iba a residir en sus propias imperfecciones.

Se volvió súbitamente hacia las tres mujeres, borrosas tras retroceder detrás de las velas, que ahora revoloteaban, con las formas blancas de sus cofias, entre él y la nada. Los ojos de Matthew brillaban, y descubrió los dientes.

- ¡Mea culpa! ¡Mea culpa! -gruñó.

- ¡Macchè! -exclamó la madre superiora, acobardada, y sus manos se separaron, y luego volvieron a juntarse, entre las frondas de sus mangas, como dos pájaros anidando juntos.

Matthew bajó la cabeza y miró a su alrededor, dispuesto a fugarse. La madre superiora, al fondo, entonó dulcemente un padrenuestro, y las cuentas de su rosario se balancearon. La joven monja pálida se deslizó más al fondo. Pero los ojos negros de la monja robusta y ominosa centelleaban como estrellas eternamente jocosas, y él se dio cuenta de que la sonrisa volvía a hurgar en sus costillas.

-¡Oh! - dijo a las mujeres, en tono de reconvención-. Me siento terriblemente trastornado. Será mejor que me vaya.

Ellas revolotearon con fascinado asombro. Él caminó hacia la puerta, con la cabeza gacha. Pero mientras andaba la sonrisa empezó a asomar en su rostro, atraída por el rabillo de los ojos negros de la monja robusta con su eterno centelleo. Y él pensó secretamente que deseaba tomarle sus manos crema oscuro, enlazadas como una pareja de pájaros, voluptuosamente.

Pero insistió en residir en sus propias imperfecciones. ¡Mea culpa! se aulló a sí mismo. Pero mientras lo aullaba, sintió que alguien le daba con el codo en las costillas y le decía: "¡Sonríe!".

Detrás suyo, las tres mujeres, en la alta habitación, se miraban unas a otras, y sus manos se abrieron por un instante, como seis pájaros que bruscamente salieran volando del follaje, cerrándose luego nuevamente.

-¡Pobrecillo! -dijo la madre superiora, compasivamente.

- ¡Sí! ¡Sí! -exclamó la monja joven, con pueril y chillona impetuosidad.

- Già -dijo la monja ominosa.

La madre superiora se dirigió en silencio hacia el lecho y se inclinó sobre el rostro muerto.

- ¡Parece darse cuenta, pobre alma!  -murmuró-. ¿No creéis?

Las tres cabezas encofiadas se inclinaron a un tiempo. Y, por primera vez, vieron el leve rizo irónico en las comisuras de la boca de Ofelia. La contemplaron, con temeroso asombro.

- ¡Le ha visto! -susurró la monja joven, estremecida.

La madre superiora dejó caer delicadamente el fino velo sobre el frío rostro. Luego murmuró una plegaria por el alma, pasando las cuentas de su rosario. Luego, la madre superiora embutió dos de las velas en sus candelabros, agarró la gruesa vela con mano firme y suave y la afianzó.

La robusta monja morena volvió a sentarse con su pequeño devocionario. Las otras dos, susurrantes, cruzaron la puerta y salieron al gran corredor blanco. Allí, navegando suave y silenciosamente en sus oscuros ropajes, como cisnes oscuros en un río, de repente titubearon. Ambas a un tiempo habían visto la desamparada figura de un hombre con un melancólico abrigo, vagando al extremo del corredor, en la fría distancia. La madre superiora aceleró repentinamente el paso en una apariencia de prisa.

Matthew vio llegar a él a esas figuras voluminosas de manos perdidas. La monja joven iba un poco rezagada.

- ¡Pardon, ma mère! -dijo Matthew, como en la calle-. Me he dejado el sombrero en alguna parte...

Hizo un gesto desesperado, moviendo el brazo; y nunca ha habido hombre menos sonriente.


Publicado en Historias de lo oculto.






domingo, 3 de noviembre de 2013

"LITERATURA ERÓTICA Y LITERATURA AMOROSA" POR GREGORIO MORALES.

"LITERATURA ERÓTICA Y LITERATURA AMOROSA" DE GREGORIO MORALES.



Cuanto creamos es acto, pero el erotismo no es acto, sino la pura potencialidad del acto. El erotismo es posibilidad. Una pareja hace el amor: La pura posibilidad de hallarme yo en el lugar de uno de ellos, genera erotismo. Cuando soy uno de los amantes y poseo o soy poseído por el otro, el erotismo no viene de la posesión, sino del contemplarme a mí y a mi pareja como si ambos fuéramos extraños. Es decir, como si fuéramos a hacer lo que ya estamos haciendo. El erotismo reside, pues, en lo invisible, en lo que no se ve, y se agota cuando puede verse y medirse. Responde cabalmente al principio de incertidumbre de Heisenberg: O velocidad o posición. O sea, o erotismo o verdad; o imaginación o realidad; o deseo o fisiología. Pero siempre una cosa excluye a la otra. En definitiva, o erotismo o placer. Porque la satisfacción del placer no es erotismo. Toda representación visual o lingüística que convoca a lo invisible en todo su poder, es erótica; toda representación visual o lingüística que se reafirma sobre lo palpable, es anafrodisíaca. En este sentido, el erotismo resulta consustancial con la literatura, ya que bajo esta palabra se encierra el poder atómico de la imaginación. Por tanto la literatura nunca podrá ser derrotada, porque ello sería como derrotar la energía, lo cual sabemos es imposible. Si la pornografía existe en literatura, es sólo cuando no sirve de canal a la imaginación, cuando la soslaya, la estanca o la pisotea, pero siempre que las palabras cabalguen a lomos de la libertad, estaremos ante un conjuro del que surge como un géiser el erotismo. La obscenidad libre es siempre erótica. Por ello son eróticos Sor Monika de Hoffmann, Gamiani de Musset, Teleny de Wilde, Afrodita de Pierre Louys, Las once mil vergas de Apollinaire, El coño de Irene de Aragón, Historia del ojo de Bataille, El diálogo de Venus y Príapo de Alberti...En todas ellas, el erotismo alcanza los niveles más profundos de la sensualidad, lo afrodisíaco, la obscenidad.

¿Se produce entre erotismo y amor un principio de exclusión semejante al que hemos visto entre erotismo y realidad? De las cuatro formas de amor de que habla Sthendal (amor pasión, amor placer, amor físico, amor vanidad), ninguna de ellas implica erotismo, aunque el erotismo se da siempre cuando alguna de esas formas ha acabado. El amor es, pues presencia e identificación. El erotismo, ausencia y extrañamiento. La rememoración de lo gozado es equiparable al relato erótico. Queremos ser los otros o queremos ser lo que fuimos. De ahí, por ejemplo, que el Cantar de los cantares de Salomón sea una obra cumbre de la literatura erótica. En él, los protagonistas se rememoran a sí mismos, es decir, se evocan, se describen. Digamos que no se entregan al acto, sino a su representación, con sus prolegómanos, pausas y juegos incluídos...Lo de juego es importante. El erotismo es un juego si por jugar, como hemos dicho, entendemos la capacidad de fabular, de ensayar por medio de la ficción otros mundos y otros lugares. La expresión española follar no conlleva erotismo alguno, pero sí la expresión china El juego del viento y la luna. El viento (masculino) corteja a la luna (femenino), estableciendo entre los dos un juego de atracciones y repulsiones.

Siendo, pues, el erotismo fábula, quimera, narración, comprendemos que el Quijote componga a veces, más que una novela de amor o de locura, una novela erótica. No es ya sólo que el personaje de Dulcinea sea trazado completamente de la nada por la imaginación, sino que, además, el poder de ésta resulta tan grande, que la amada se encarna sobre rudas y zafias campesinas. El pasaje en que Don Quijote toma a Maritornes por la princesa del castillo, creyendo que desea hacer el amor con él, rezuma lubricidad. Y no digamos aquel otro donde el cura, el barbero y Cardenio contemplan, como desorbitados voyeurs, lavarse a la bellísima Dorotea. Así que el amor es atención, pero el erotismo es evasión, fantasía...El amor se goza en la visión del amado, pero el erotismo se produce por la ausencia de éste. Las páginas más hondas del deseo surgen cuando Eloísa rememora los placeres habidos con Abelardo (de los que ya no gozará más porque ha sido emasculado), o cuando Mariana de Alcoforado, en su aplastante soledad, evoca hasta la extenuación su entrega a Bouton de Chamilly (que se muestra insensible a sus continuos ruegos).



La norma, que es orden, nunca es erótica. El caos, lo imprevisible, lo azaroso, está siempre del lado del erotismo. Cuando el amor comienza, conlleva siempre una fuerte carga de erotismo. Pero cuando se establece la pareja y el amor se hace norma, el erotismo se extingue. Curiosa paradoja la de que, mientras una pareja más profundiza en su amor, menos erotismo existe. Puede haber comprensión, sexualidad, placer...pero ya hemos visto cómo el erotismo huye ante ellos. De modo que amor maduro y erotismo no van necesariamente unidos. Cada uno puede fluir por su lado, ascender, descender o perderse entre las simas más recónditas. El hombre contemporáneo es, de toda la historia universal, el que menos está libre de que estas energías se le estanquen en el vértigo de la cotidianidad. Pero como ambas resultan absolutamente necesarias para una existencia que merezca llamarse tal, cuando lo anterior ocurre, es necesario sacar a flote las aguas soterradas. Y, en esto, la literatura resulta de vital importancia. En el amor, la literatura nos da ejemplo de hasta qué punto hombres y mujeres han centrado su atención en el otro. La literatura amorosa nos impele a salir de nosotros mismos para cifrar nuestros anhelos en un ser distinto. Es decir, realizamos la búsqueda de una parte de nosotros mismos, pero proyectándola al exterior. La literatura amorosa nos ofrece en cantidad abrumadora desde los más banales a los más heroicos testimonios habidos en este empeño.

La literatura erótica, por su parte, pone en erupción el volcán apagado de nuestros corazones. Cada relato o poema erótico es como una caja de Pandora donde el autor ha encerrado sus energías más potentes y que, al abrirse, lo turba todo de una contagiosa ola de deseo. El filtro libidinoso penetra entonces en los lectores como una mecha de pólvora que no ha de extinguirse nunca, y, al final de la cual, no hay bomba alguna, porque si estallara, eros acabaría. De ahí que los tantrikas, que son quienes más han profundizado en el conocimiento de eros, retengan la eyaculación.

Sin embargo, y como suele suceder a menudo, los contrarios no sólo se confunden en sus extremos, sino que se invierten. Llegados a un cierto punto, el erotismo se hace amor y el amor erotismo. El Cantar de los cantares, ¿no es también un cósmico y hermosísimo himno de amor? En las fronteras, erotismo y amor forman una madeja inextricable atravesada por agujeros de gusano que nos permiten ir de una dimensión a otra, mientras en su interior se borra cualquier distinción de nuestra lógica aristotélica. ¿Erotismo?  ¿Amor? Lejos de las abstracciones, la realidad es impura. A y no A coexisten al mismo tiempo, según las teorías del pensamiento borroso. Por ello, en mi antología hay geniales pasajes eróticos que, al mismo tiempo, son de amor; en la antología de Luis María Anson hay magníficos pasajes de amor que, al mismo tiempo son eróticos. Así ambos incluimos la "Noche oscura" y el "Cántico espiritual" de Juan de la Cruz. ¿Amor o larvado erotismo? Para mí, lo último. También incluimos ambos "El diálogo de Venus y Príapo", de Rafael Alberti, donde quienes en realidad dialogan son los genitales de los dioses. ¿Erotismo o amor larvado? Está claro que, para Anson, lo segundo. Pero aquí acaban prácticamente las coincidencias. Leyendo ambas antologías no puede dejar de concluirse que tanto el erotismo como el amor existen por separado, aunque puedan (y deban) mezclarse en las más diversas proporciones. La única y triste verdad es que el hombre occidental está tanto falto de erotismo como de amor y que ambas antologías constituyen, en mi opinión, una oportunidad inmejorable para aunar con nuestra propia experiencia el inmenso bagaje de nuestros antepasados y contemporáneos, reavivando una fuente que siempre debería estar en movimiento y a la luz del día. La literatura, que habla a la imaginación, y no vulgares viagras, hermanas de la yumbina con que se encelaba al ganado, constituye el mejor camino para lograrlo.

Publicado en Leer, nº98, 1998.

POESÍA 8: "LA AURORA" DE FEDERICO GARCÍA LORCA.


LA AURORA



La aurora de Nueva York tiene 
cuatro columnas de cieno 
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime 
por las inmensas escaleras 
buscando entre las aristas 
nardos de angustia dibujada. 

La aurora llega y nadie la recibe en su boca 
porque allí no hay mañana ni esperanza posible. 
A veces las monedas en enjambres furiosos 
taladran y devoran abandonados niños. 

Los primeros que salen comprenden con sus huesos 
que no habrá paraísos ni amores deshojados; 
saben que van al cieno de números y leyes, 
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. 

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

Federico García Lorca.