domingo, 3 de noviembre de 2013

RELATO: "EL ALEPH" DE JORGE LUIS BORGES

El libro de "El Aleph" de Jorge Luis Borges consta de 17 relatos o cuentos enttre los que se incluye uno con este mismo título "El aleph".


"EL ALEPH" DE JORGE LUIS BORGES.



O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space. Hamlet, II, 2. But they  will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hincstans for a infinite greatnesse of Place. Leviatan., IV, 46.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible.

No estaría obligado como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa.

Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer.

No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer.

Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos.

Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa.

A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas.

Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable.

"Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas".

El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.

-Lo evoco -dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía.

Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad.

Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía el uso de la lima.

El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.


Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre-ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción. He visto, como el griego, las urbes de los hombres, Los trabajos, los días de varia luz, el hambre; No corrijo los hechos, no falseo los nombres, Pero el voyage que narro es...autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-.

El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poseía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la faceria.

Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo! acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos deparan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior.

En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores.

Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravangancia al poema.(1).

Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos de Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino.

Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton.

Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio.

Copio una estrofa (2): Sepan. A manderecha del poste rutinario, (Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste - Que da al corral de ovejas catadura de osario. - ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito!

Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates.

El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su vida curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface...al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste?

El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía. Hacia la medianoche me despedí.

Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri -los propietarios de mi casa, recordarás- inagura en la esquina; confitería que te importará conocer".

Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse  de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo.

La palabra lechoso no era lo bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal...Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía , "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios".

Admitió sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago.

Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad".

Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro. Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.




A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus temores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio.

Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! -repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz.

Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto.

Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar.

La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo.

Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¡El Aleph! - repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.

A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no.

Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.- Pero, ¿no es muy oscuro el sótano? - La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.- Iré a verlo inmediatamente. Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición.

Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco.

Todos esos Viterbos, por lo demás...Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica.

La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

-Una copita del seudo coñac- ordenó- y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular.

Te acuestas en el piso de las baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph.

¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo! Ya en el comedor, agregó: - Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio...

Baja; muy en breve podrá entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz. Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales.

El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo.

Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

-La almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones. Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total.

Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme.

Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico.

Cerré los ojos, los abrí.

Entonces vi el Aleph. Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten;

¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble:

La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. Es ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia.

Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creía giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida  por los vertiginosos espectáculos que encerraba.

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. 

Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkamaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima. -Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman -dijo una voz aborrecida y jovial -. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación.

¡Qué observatorio formidable, che Borges! Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear: -Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía: - ¿La viste todo bien, en colores? En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecía a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona.

Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos. En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver.

Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido. Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3).

El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto.

¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen.

Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre.

Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual.

Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Megenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.

Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló?

Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph. 

Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia.

En su cristal se reflejaba el universo entero.

Burton menciona otros artificios congéneres -la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera,I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: 

"Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica.

Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central...

Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor...la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?

Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.


LITERATURA ERÓTICA: FRAGMENTOS DE "CULINARIA POÉTICA" DE ERICA JONG.

FRAGMENTOS DE "CULINARIA POÉTICA" DE ERICA JONG.

"Una vez que el pene ha sido introducido en el poema, la poeta se baja hasta quedar sentada sobre el muso, con sus piernas hacia afuera. Él no necesita moverse, la poeta estará en posición erguida y subirá y bajará su cuerpo rítmicamente hasta alcanzar la última línea. Ella podrá hacer una pausa en sus movimientos y también podrá mover su pelvis y abdomen hacia adelante y atrás, o hacia los costados, o con un movimiento circular de tirabuzón. Este método resulta en imágenes excepcionalmente agudas y es frecuentemente recomendado para llegar a la cumbre del gozo estético. La penetración es más profunda que en otras posturas. Sin embargo, la concepción es menos posible.

Esta postura es también conveniente cuando el muso está cansado o falto de vigor, ya que la poeta toma el papel más activo. La penetración es más profunda cuando el cuerpo de la poeta hace un ángulo de 45 grados con el del muso. Un muso en erección a medias permanecerá en posición cuando se esté en esta postura, ya que no puede deslizarse fuera del poema".

Erica Jong.


sábado, 2 de noviembre de 2013

CANCIÓN: "VAGABUNDEAR" DE JOAN MANUEL SERRAT.




VAGABUNDEAR



Harto ya de estar harto, ya me cansé,
de preguntarle al mundo: ¿por qué y por qué?
La Rosa de los Vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme vagabundear,
entre el cielo y el mar:
¡Vagabundear!

Como un cometa de caña y de papel,
me iré tras una nube (pa' serle fiel),
a los montes, los ríos, el sol y el mar;
a ellos que me enseñaron el verbo amar.
Soy palomo torcaz:
¡Dejadme en paz!

No me siento extranjero en ningún lugar,
donde haya lumbre y vino tengo mi hogar.
Y para no olvidarme de lo que fui
mi patria y mi guitarra las llevo en mí:
Una es fuerte y es fiel,
la otra un papel.

No llores porque no me voy a quedar,
me diste todo lo que tú sabes dar:
La sombra que en la tarde da una pared
y el vino que me ayuda a olvidar mi sed.
¿Qué más puede ofrecer una mujer?

Es hermoso partir sin decir adiós,
serena la mirada, firme la voz.
Si de veras me buscas, me encontrarás,
es muy largo el camino para mirar atrás.
¿Qué más da, qué más da,
aquí o allá?


Joan Manuel Serrat.

"J. D. SALINGER: CÓMO SE ENGENDRA UN MONSTRUO" POR MANUEL VICENT.

J. D. SALINGER: CÓMO SE ENGENDRA UN MONSTRUO DE MANUEL VICENT.




"No todos los escritores tienen la suerte de que un asesino, que acaba de cometer un crimen histórico, esté leyendo tu mejor novela en el momento de ser detenido. Es más. Hay que ser un autor privilegiado, bendecido por los dioses, para que el famoso asesino se llame Mark David Chapman, quien disparó cinco balas de punta hueca por la espalda a John Lennon, después de pedirle un autógrafo, en el vestíbulo del edificio Dakota de Nueva York, el 8 de diciembre de 1980 y una vez vaciado el cargador del revólver del 38 especial se siente tranquilamente en un bordillo de la acera a leer "El guardián entre el centeno", esperando a que llegue la policía y en su descargo confiese que él no había hecho otra cosa que acomodar su vida a la de Holden Caufield, protagonista de la novela. "Esta es mi confesión", exclamó Chapman exhibiendo el libro, mientras era esposado.

Las ventas de la novela de J. D. Salinger, ya de por sí millonarias, se dispararon una vez más. Una nueva oleada de lectores asaltó masivamente las librerías al saber que la historia llevaba una carga suficiente como para borrar del mapa a John Lennon, héroe de una rebeldía en la que se reconocían varias generaciones de jóvenes. En ese momento J. D. Salinger había hecho de su fuga y anonimato una de las obras de arte que consagran definitivamente a un escritor. Vivía refugiado en una granja de Cornish y llegar hasta él era una misión tan difícil como encontrar un mono en Marte, siempre que el explorador fuera un periodista, biógrafo, crítico literario o editor, pero no una jovencita  admiradora o una becaria dispuesta a ser pasada por las armas. Mark David Chapman había asesinado a Lennon buscando la fama; en cambio J. D. Salinger se había hecho extremadamente famoso por no querer serlo y haberse convertido en un ser invisible.

El escritor Salinger, el asesino Chapman e incluso el asesinado John Lennon tenían algo en común con Holden Caufield, el protagonista de "El guardián entre el centeno", un chaval de buena familia, que se movía como un tornillo suelto en el engranaje de la sociedad neoyorquina de aquella época, cuando la gente se sentía feliz en medio de la plétora de tartas de frambuesa que trajo la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Salinger, Chapman, Lennon, Holden, los cuatro habían sido adolescentes sarcásticos, rebeldes, inconformistas e inadaptados y se habían comportado con un desparpajo irreverente con los mayores, ya fueran padres, profesores o simples predicadores de la moral de consumo. Los cuatro fueron expulsados del colegio. Los cuatro odiaban los ritos, las costumbres y los gestos del orden constituido, para ellos todo el mundo era idiota, una actitud que en algunos acaba cuando desaparece el acné para convertirse en señores respetables, a otros les incita a escribir o a tocar la guitarra hasta transformarse en artistas y a otros les llevaa encargar un revólver por correo y usarlo contra el héroe de sus sueños. Los cuatro habían pasado por YMCA, la organización religiosa juvenil. Allí Mark David Chapman estuvo encargado de cuidar de los  niños, un trabajo que ejercía a la perfección, hasta el punto de que le pusieron Nemo de sobrenombre; la misma y única aspiración manifestó también Holden Caufield al final del relato, la de vigilar a unos niños mientras jugaban en el centeno. En la YMCA un amigo le dio a leer a Chapman la novela de Salinger y el futuro asesino decidió ordenar su vida según la del protagonista mientras en Chicago tocaba la guitarra en iglesias y locales nocturnos cristianos.

Salinger nació en Nueva York el 1 de enero de 1919, hijo de un judío llamado Salomón, descendiente a su vez de un rabino que, según las malas lenguas, se hizo rico importando jamones. En realidad Salomón Salinger fue un honrado importador de carnes y quesos de Europa. La compañía Hoffman para la que trabajaba estuvo envuelta en un escándalo, acusada de falsificar agujeros en los quesos de bola, pero de ese lío salió indemne Salomón quien acabó viviendo en un lujoso apartamento de Park Avenue entre la alta burguesía neoyorquina. Allí el adolescente Jerome David Salinger comenzó a sacar las plumas. Después de ser expulsado del colegio McBurney entró como cadete en la academia militar de Valley Forge donde empezó a escribir iluminando el cuaderno con una literna bajo las sábanas unos relatos cortos que durante años mandó sin éxito a las revistas satinadas. Después ingreso en la Universidad de Nueva York y siguió escribiendo, seduciendo a chicas adolescentes a las que a la vez despreciaba. Era un joven elástico, rico, inteligente, esnob y sarcástico. Se comportaba como el propio protagonista de su novela, el Holden Caufield enfundado en un abrigo negro Chesterfield que envidiaban sus compañeros. Las chicas se volvían locas con él, mientras luchaba denonadamente por ser famoso, pero hubo una que le fue esquiva, Oona O'Neill, la hija del famoso dramaturgo, a la que escribió mil cartas de amor hasta que Charles Chaplin, 40 años mayor que ella, se la birló para hacerle seis hijos.

El caso de Salinger es sintomático. Ningún aprendiz de escritor luchó tanto por sacar cabeza buscando el éxito, nadie como él realizó tanto esfuerzo por colocar los relatos cortos en las revistas que habían consagrado a otros famosos escritores en cuyo espejo Salinger se miraba, Fitzgerald, Hemingway, Capote. A la vez nadie era tan quisquilloso y peleaba hasta la agonía con los directores de esos medios, The Story, Saturday Evening Post, Bazzar's y, sobre todo, The New Yorker. Nadie buscó con tanto ahínco la fama y a continuación, al verse aplastado por ella, busco refugio bajo tierra como si se tratara de un bombardeo cruel de una guerra ganada.

Antes de este tormento del éxito Salinger viajó a Europa pensando en hacerse mercader de quesos. Después se alistó en la Segunda Guerra Mundial. Participó en el desembarco de Normandía, mientras todo su carácter y experiencia se lo iba transfiriendo en la imaginación al personaje de ficción que lo haría célebre. En 1951 publicó "El guardián entre el centeno", paradigma del desasosiego juvenil y cuatro años después vino al mundo el monstruo que engendró la novela, cuando Salinger ya había huido del mundo, se había metido en un agujero y se había hecho discípulo de Jesús, de Gotama, de Lao-Tse y de Shankaracharya hasta convertir su anonimato en una leyenda, una fuga que no le impedía degustar en secreto de mujeres cada vez más jóvenes.

Chapman nació en Fort Worth, Texas en 1955, cuando el protagonista Holden Caufield empezaba a arrasar en todas las librerías. El padre de Chapman era un sargento de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y su madre, Kathryn Elizabeth Pease, era una enfermera. Él dijo que vivía con miedo de su padre cuando era niño. En la mañana del 8 de diciembre de 1980 Chapman salió del hotel Sheraton donde estaba hospedado, dejó su documentación en la habitación para facilitar el trabajo a la policía, se dirigió a una librería de la Quinta Avenida, compró la novela de Salinger y bajo el título añadió su firma a la del autor. La mañana del crimen el asesino había visitado el lago de Central Park, que estaba helado, y como Holden Caufield, se había preguntado adónde habrían ido a parar los patos. Con el crimen no trataba sino de escenificar escenas de "El guardián entre el centeno". Fue sentenciado a prisión entre los veinte años y la perpetuidad. Sigue encarcelado en Attica Correctional Facility, en Attica, Nueva York, después de haber sido denegada la libertad condicional en seis ocasiones. El monstruo en la cárcel y el autor de la ficción condenado por la fama a vivir bajo tierra hasta la muerte. Ésta es la historia."



POESÍA 7: "GEOGRAFÍA" DE IRENE SÁNCHEZ CARRÓN.


GEOGRAFÍA


"Eres libre" -dijiste.
Yo te miré en silencio
con la expresión absurda
de esas viejas muñecas
que se pierden un día
tras haberse arrastrado
por todos los caminos
sin rumbo de la infancia.
"Puedes ir donde quieras"-dijiste. 
Y de repente encogieron los mapas,
no hubo puertas abiertas,
una goma invisible
borró todas las calles
y entonces fue el dolor un camino sin tierra y sin orillas.


Irene Sánchez Carrón.

LIBROS CENSURADOS: EXTRACTOS DE "TRÓPICO DE CANCER" DE HENRY MILLER

EXTRACTOS DE "TRÓPICO DE CÁNCER"  DE HENRY MILLER




"No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Este no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza...a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonaré un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre: vuestro inmundo cadáver...
Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así pues, esto es una canción. Estoy cantando."


"...¡Oh, Tania! ¿Dónde estarán ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y una matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco..."


"He hecho un pacto tácito conmigo mismo: no cambiar ni una línea de lo que escribo. No me interesa perfeccionar mis pensamientos ni mis acciones. Junto a la perfección de Turgueniev coloco la perfección de Dostoyevski. (¿Hay algo más perfecto que El eterno marido?) Así pues, ahí tenemos dos tipos de perfección en un mismo medio. Pero en las cartas de Van Gogh hay una perfección que supera a una y a otra. Es el triunfo del individuo sobre el arte."


"Ahora sólo hay una cosa que me interesa vitalmente, y es consignar todo lo que se omite en los libros. Que yo sepa, nadie está usando los elementos del aire que dan dirección y motivación a nuestras vidas. Sólo los asesinos parecen extraer de la vida, en grado satisfactorio, lo que aportan."


"En todas partes pasarán cosas. Siempre pasan cosas. Parece que dondequiera que voy hay un drama. Las personas son como los piojos: se te meten bajo la piel y se entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta hacerte sangre, pero no puedes despiojarte permanentemente. Dondequiera que voy las personas están echando a perder sus vidas. Cada cual tiene su tragedia privada. La lleva ya en la sangre: infortunio, hastío, afflicción, suicidio. La atmósfera está´situada de desastre, frustración, futilidad. Rascarse y rascarse...hasta que no quede piel. No obstante, el efecto que me produce es estimulante. En lugar de desanimarme, o deprimirme, disfruto. Pido a gritos cada vez más desastres, calamidades mayores, fracasos más rotundos. Quiero que el mundo entero se descentre, que todo el mundo se rasque hasta morir".


"...Desde luego, volver a la cama del maricón y pasar la noche agitándome y sacudiendo migas con los dedos de los pies, no. ¡Mequetrefe asqueroso! Si hay algo peor que ser un marica es ser un tacaño. Un mariquita tímido y tembloroso que vivía con el constante temor de quedarse sin un céntimo algún día: el 18 de mayo tal vez; o el 25 de mayo precisamente. Café sin leche ni azúcar. Pan sin mantequilla. Carne sin salsa, o nada de carne. ¡Sin esto y sin lo otro! ¡Avaro asqueroso! Un día abrí el cajón del escritorio y encontré dinero escondido dentro de un calcetín. Más de dos mil francos...y cheques que ni siquiera había cobrado. Ni siquiera eso me habría importado tanto, si no me hubiese encontrado siempre posos de café en la gorra y basura en el suelo, por no citar los tarros de crema para el cutis ni las toallas grasientas ni la pila siempre atascada. Llevaba las orejas sucias, los ojos sucios, el culo sucio. Tenía articulaciones dobles, era asmático, piojoso, mezquino, morboso. Podría haberle perdonado todo, ¡si al menos me hubiera servido un desayuno decente...!Pero un hombre que tiene dos mil dólares escondidos en un calcetín sucio y que se niega a ponerse una camisa limpia o a untarse un poco de mantequilla en el pan, un hombre así no es un simple marica, ni un simple tacaño siquiera: ¡es un imbécil!."

"La época de oro, cuando no tenía ni un solo amigo. Cada mañana la triste caminata hasta el American Express, y cada mañana la inevitable respuesta del empleado. Correr de un lado para otro como un chinche, recoger colillas de vez en cuando, unas veces furtivamente, otras descaradamente: sentarme en un banco y apretarme las tripas para detener el mordisqueo, o pasear por el Jardín de las Tullerías y tener una erección al contemplar las estatuas desnudas. O vagar por la orilla del Sena de noche, caminar y caminar, enloquecer con su belleza, los árboles ladeados, las imágenes rotas en el agua, el ímpetu de la corriente bajo las luces sanguinolentas de los puentes, las mujeres durmiendo en los portales, durmiendo sobre periódicos, durmiendo bajo la lluvia; por todas partes los atrios mohosos de las catedrales y mendigos y piojos y viejas mujerucas presas del baile de San Vito; carretillas apiladas como barriles de vino en las calles laterales, el olor a fresas en el mercado y la vieja iglesia rodeada de vegetales y lámparas de arcos azules, los arroyos de la calle rebaladizos a causa de las basuras y mujeres con escarpines de raso haciendo eses entre la inmundicia y las sabandijas después de toda una noche de parranda".


"¿Cómo diablos va escribir uno, cuando no sabe dónde va a sentarse al cabo de media hora? Si esa tía rica se queda con el piso, no voy a tener ni un sitio para dormir. Cuando estás en semejante aprieto, es difícil saber qué es peor: si no tener un sitio para dormir o no tener un lugar para trabajar. Se puede dormir casi en cualquier parte, pero hay que tener un lugar para trabajar. Aún cuando lo que estés haciendo no sea una obra maestra. Hasta una novela mala requiere una silla en que sentarse y un poco de aislamiento. Esas tías ricas nunca piensan una cosa así. Siempre que quieren reclinar sus blandos traseros, encuentran una silla a punto...".


"En el mismo escaparate: ¡Un hombre cortado en rodajas! Capítulo primero: el hombre visto por su familia. Capítulo segundo: el mismo visto por su amante. Capítulo tercero: no hay capítulo tercero. Tengo que volver mañana para los capítulos tercero y cuarto. Cada día es escaparatista pasa una nueva página. Un hombre cortado en rodajas...¡No podéis imaginar lo furioso que estoy por no haber pensado en un título así! ¿Dónde está ese tío que escribe "el mismo visto por su amante...el mismo visto por...el mismo..."¿Dónde está ese tipo? ¿Quién es? Quiero darle un abrazo. Desearía con toda el alma haber tenido suficiente inteligencia como para imaginar un título así...en lugar de Picha loca y otras necedades que se me han ocurrido. Le felicito igualmente".


"...Más tarde, cuando me hube aficionado a Claude, y la veía noche tras noche en su sitio de costumbre, con su redondo culito cómodamente hundido en el asiento de felpa, sentía una especie de rebelión inexpresable contra ella; me parecía que una puta no tenía derecho a estar allí sentada como una dama, esperando tímidamente a que alguien se acercara, mientras bebía a sorbitos su chocolat, pero no alcohol. Germaine era una buscona. No esperaba a que te acercases a ella: era ella la que te abordaba y te capturaba. Recuerdo tan bien las carreras en sus medias, y sus zapatos rotos y desgastados; también recuerdo como se plantaba en la barra y con actitud desafiante, ciega y valiente, se echaba una bebida fuerte entre pecho y espalda y volvía a salir. ¡Una buscona!..."




"Necesitaba algo para reconciliarme conmigo mismo. Anoche lo descubrí: Papini. No me importa que sea un patriotero, un beato o un pedante miope...Como fracasado es maravilloso.
[...]"Soy un hombre que desearía vivir una vida heroica, hacer el mundo más soportable a la vista. Si en algún momento de debilidad, de relajación, de necesidad, me desahogo dejando escapar un poco de cólera ardiente cristalizada en palabras -un sueño apasionado, envuelto y atado con imágenes-, pues...tomadlo o dejadlo....¡pero no me molestéis!.
Soy un hombre libre...y necesito mi libertad. Necesito estar solo. Necesito meditar sobre mi vergüenza y mi desesperación en soledad; necesito el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara conmigo mismo, con la compañía exclusiva de la música de mi corazón. ¿Qué queréis de mí? Cuando tengo algo que decir lo publico. Cuando tengo algo que dar, lo doy. ¡Vuestra inquisitiva curiosidad me revuelve el estómago! ¡Vuestros cumplidos me humillan! ¡Vuestro té me envenena! No debo nada a nadie. Sólo sería responsable ante Dios...¡si existiera!".
Me parece que a Papini se le escapa algo por un pelo, cuando habla de la necesidad de estar solo. No es difícil estar solo, si eres pobre y fracasado. Un artista siempre está solo...si es un artista. No, lo que el artista necesita es solitud. El artista, así me llamo. Así sea. Una magnífica siesta esta tarde que me ha puesto terciopelo entre las vértebras. He engendrado ideas suficientes para que me duren tres días. Rebosante de energía y nada en qué emplearla. Decido dar un paseo. En la calle cambio de idea. Decido ir al cine. No puedo ir al cine: me faltan unos sous. Entonces,  un paseo. Me detengo en todos los cines y miro las carteleras, después los precios. Son bastante baratos estos fumaderos de opio, pero me faltan unos sous. Si no fuera tan tarde, podría volver y cobrar un casco vacío".


"Recuerdo ahora que el conductor sacó la cabeza y miró río arriba hacia Passy. Una mirada tan sana, simple, aprobadora, como si se dijera a sí mismo: "¡Ah, ya llega la primavera!" Y Dios sabe que, cuando la primavera se acerca a París, el más humilde de los mortales ha de sentir que vive en el paraíso. Pero no fue sólo eso: fue la intimidad con que su mirada descansó sobre la escena. Era su París. No hace falta ser rico, ni ser un ciudadano siquiera, para sentir de eso modo respecto a París. París está lleno de gente pobre: la legión de mendigos más orgullosos y sucios que haya pisado la tierra, me parece a mí. Y, aún así, dan la impresión de estar en casa. Eso es lo que distingue al parisino de los habitantes de otras metrópolis.
Cuando pienso en Nueva York, tengo una sensación muy diferente. Nueva York hace que hasta un rico se sienta insignificante. Nueva York es frío, reluciente, maligno. Los edificios dominan. Hay una especie de frenesí atómico en la actividad que se produce; cuanto más furioso el ritmo, más empequeñecido el espíritu. Un fermento constante, pero igual daría que se produjera en un tubo de ensayo. Nadie sabe de qué se trata. Nadie dirige la energía. Estupendo. Grotesco. Desconcertante. Un tremendo impulso reactivo, pero completamente falto de coordinación.
Cuando pienso en esa ciudad en la que nací y me crié, ese Manhattan que Whitman cantó, una rabia fría y ciega me lame las entrañas. ¡Nueva York! Las prisiones blancas, las aceras hormigueantes de gusanos, los parados haciendo cola para recibir comida gratuita, los fumaderos de opio construidos como palacios, los judíos, los leprosos, los malhechores y, sobre todo, el ennui, la monotonía de las caras, calles, piernas, casas, rascacielos, comidas, carteles, empleos, crímenes, amores...Toda una ciudad erigida sobre el vacío abismo de la nada. Sin sentido. Sin el menor sentido. ¡Y la calle Cuarenta y Dos! La cima del mundo la llaman. ¿Dónde está el fondo entonces? Puedes caminar con las manos tendidas y te pondrán cenizas en la gorra. Ricos o pobres, caminan con la cabeza echada hacia atrás y casi se les rompe el cuello de mirar hacia arriba, a sus prisiones blancas. Caminan como gansos ciegos y los reflectores cubren sus vacías caras con centellas de éxtasis."


"Intento calmarme. Al fin y al cabo, éste es un hogar que me he encontrado, y cada día hay una comida esperándome. Y Serge es un buen tipo, de eso no hay duda. Pero no puedo dormir. Es como dormirse en un depósito de cadáveres. El colchón está saturado de líquido de embalsamar. Es un depósito de cadáveres para piojos, chinches, cucarachas, tenias. No puedo soportarlo. ¡No voy a soportarlo! Al fin y al cabo, soy un hombre, no un piojo.
Por la mañana espero a que Serge cargue el camión. Le pido que me lleve a París. No tengo valor para decirle que me marcho. Dejo la mochila con las pocas cosas que me quedaban. Cuando llegamos a la Place Péreire, salto del camión. No hay una razón particular para bajarme aquí. No hay razón particular para nada. Soy libre: eso es lo principal....
Ligero como un pájaro, revoloteo de un barrio a otro. Es como si hubiera salido de la cárcel. Miro el mundo con ojos nuevos. Todo me interesa profundamente. Hasta las menudencias."


"Al acercarme a la Place Clichy hacia el atardecer, paso por delante de la putilla con una pata de palo que se planta frente al Gaumont Palace día tras día. No parece tener más de dieciocho años. Supongo que tendrá sus clientes habituales. A partir de medianoche se queda plantada allí con su traje negro, clavada en el sitio. A su espalda está el pasadizo que resplandece como un infierno. Al pasar ahora delante de ella con el corazón contento, me recuerda en cierto modo a un ganso atado a una estaca, un ganso con el hígado enfermo, para que el mundo pueda tener pâté de foie gras. Debe ser extraño meterse en la cama con esa pata de palo. Imagina uno toda clase de cosas: astillas, etc. Sin embargo, ¡sobre gustos no hay nada escrito!".


"Según dice Nanantatee, mientras agonizaba susurró al doctor: "Estoy cansada de tanto follar...No quiero follar más, doctor". Mientras me cuenta esto, se rasca la cabeza solemnemente con el brazo marchito. "La jodienda es un mal asunto -dice-. Pero te voy a enseñar una palabra que siempre te dará suerte; tienes que pronunciarla cada día, una y otra vez, un millón de veces has de repetirla. Es la mejor palabra que existe, Endri..., dila ahora...(UMAHARUMUMA! -UMARABU...
-No, Endri..., así..., ¡UMAHARUMUMA! -UMAMABUMBA...
-No, Endri..., así...
Pero, entre la luz sombría, la impresión defectuosa, la cubierta destrozada, la página desgarrada, los dedos torpes, las pulgas que bailaban el foxtrot, los piojos dormilones, la espuma en su boca, las lágrimas en sus ojos, el nudo en su garganta, la bebida de su jarra, el picor de su palma, el gemido de su resuello, la aflicción en su aliento, la confusión de su cansado cerebro, el tic de su conciencia, la intensidad de su rabia, la efusión de su trasero, el fuego de su garganta, el cosquilleo de su cola, las ratas de su desván, el alboroto y el polvo de sus oídos, como tardó un mes en sacar ventaja, le resultaba difícil aprender de memoria más de una palabra por semana".


"Mientras escucho lo que cuenta de América, comprendo lo absurdo que es esperar de Gandhi el milagro que desvíe el rumbo del destino. El enemigo de la India no es Inglaterra, sino América. El enemigo de la India es el espíritu del tiempo, la manecilla que no se puede volver hacia atrás. Nada podrá contrapesar ese virus que está envenenando el mundo entero. América es la encarnación misma de la perdición. Va a arrastrar al mundo entero hasta el abismo sin fondo".


"Es capaz de corromperse con ideas, de reducirse a una sombra, si por un solo segundo de su vida puede cerrar los ojos ante la horrible fealdad de la realidad. Todo se soporta -ignominia, humillación, pobreza, guerra, crimen, ennui -gracias al convencimiento de que de la noche a la mañana algo ocurrirá, un milagro, que vuelva la vida tolerable. Y mientras tanto un contador está corriendo en su interior y no hay mano que pueda llegar hasta él para detenerlo. Mientras tanto alguien está comiendo el pan de la vida y bebiendo el vino, un sacerdote sucio y gordo como una cucaracha que se esconde en el sótano para zampárselo, mientras arriba, a la luz de la calle, una hostia fantasma toca los labios y la sangre está pálida como el agua. Y de ese tormento y miseria eternos no resulta ningún milagro, ni un vestigio microscópico de milagro. Sólo ideas, ideas pálidas, atenuadas, que hay que cebar mediante la matanza; ideas que brotan como bilis, como las tripas de un cerdo, cuando lo abren en canal".



"Si vivir es lo supremo, entonces viviré, aun cuando deba volverme un caníbal. Hasta ahora he procurado salvar mi preciosa piel, he procurado preservar los pocos pedazos de carne que me cubren los huesos. Eso se acabó. He llegado al límite de la resistencia. Estoy de espaldas contra la pared; no puedo retroceder más. Por lo que se refiere a la historia, estoy muerto. Si hay algo más allá, tendré que reaccionar. He encontrado a Dios, pero no es suficiente. Sólo estoy muerto espiritualmente. Físicamente estoy vivo. Moralmente soy libre. El mundo que he abandonado es una casa de fieras. El amanecer se alza sobre un mundo nuevo, una jungla en que vagan espíritus flacos y con garras aguzadas. Si soy una hiena, soy una hiena flaca y hambrienta; salgo de caza para engordar".





"En América -dice- ni siquiera se te ocurriría vivir en un tugurio como éste. Incluso cuando era un vagabundo dormía en habitaciones mejores que ésta.  Pero aquí parece natural: es como los libros que lees. Si alguna vez vuelvo allí, olvidaré esta vida por completo, igual que se olvida un mal sueño. Probablemente reanudaré la antigua vida exactamente donde la dejé...si alguna vez regreso. A veces, tumbado en la cama, sueño con el pasado y es tan vívido para mí, que tengo que sacudirme a mí mismo para darme cuenta de dónde estoy. Especialmente cuando tengo una mujer a mi lado; una mujer puede provocármelo mejor que nada. Eso es lo único que quiero de ellas: olvidarme de mí mismo".


"...y en cierto modo eso es lo que hago siempre que tengo un orgasmo. Por un segundo, me destruyo a mí mismo. En esos casos ni siquiera hay un yo mío...no hay nada...ni siquiera la gachí. Es como recibir la comunión. Lo digo en serio. Después, por unos segundos tengo una agradable sensación de ardor espiritual...y quizá continuaría así indefinidamente -¿quién sabe?-, si no fuera porque hay una mujer a tu lado y después el irrigador y el agua corriente...todos esos detalles nimios que te hacen sentir desesperadamente consciente de ti mismo, desesperadamente solo. Y por ese único minuto de libertad, tienes que escuchar todo ese rollo sobre el amor...a veces me saca de quicio...siento ganas de darles patadas inmediatamente...alguna que otra vez lo hago. Pero eso no las mantiene alejadas. De hecho, les gusta. Cuanto menos caso les haces, más te persiguen. Hay algo perverso en las mujeres...en el fondo todas son masoquistas".


"Quiero ser capaz de entregarme a una mujer -dice de improviso- Quiero que me saque de mí mismo. Pero para eso tiene que ser mejor que yo; tiene que tener inteligencia, y no sólo coño. Tiene que hacerme creer que la necesito, que no puedo vivir sin ella."


"Hay una mujer, por ejemplo, a la que ha estado intentado conseguir desde hace ya diez años primero en América y por último aquí en  París. Es la única persona del sexo opuesto con la que tiene una relación cordial y amistosa. No sólo parecen gustarse, sino también entenderse. Al principio me pareció que, si pudiera conseguir realmente a esa mujer, quizá se resolviese su problema. Existían todos los elementos para una unión feliz...excepto el fundamental. Bessie era casi tan insólita en su forma de ser como él. Daba tan poca importancia al hecho de entregarse a un hombre como al postre que sigue a la comida. Generalmente, elegía el objeto de su preferencia y ella misma hacía la proposición. No era fea, pero tampoco podía decirse que fuera guapa. Tenía un cuerpo bonito, eso era lo principal...y le gustaba el asunto, como se suele decir.
Eran tan amigos aquellos dos, que a veces, para satisfacer su curiosidad (y también con la vana esperanza de estimularla con su destreza), Van Norden la escondía en su armario durante una de sus sesiones. Cuando había acabado, Bessie salía de su escondite y comenzaba la cuestión como si tal cosa, es decir, con total indiferencia por todo lo que no fuera "técnica". Técnica era uno de los términos favoritos de ella, por lo menos en las conversaciones que tuve el privilegio de disfrutar. "¿Qué defecto encuentras en mi técnica?", decía él. Y Bessie le respondía: "Eres demasiado tosco. Si esperas conseguirme alguna vez, tienes que volverte más sutil".
Como digo, había un entendimiento tan perfecto entre ellos, que a veces, cuando iba a ver a Van Norden a la una y media, encontraba a Bessie sentada en la cama, con las mantas apartadas hacia atrás, y Van Norden invitándola a que le acariciara el pene..."Sólo unas cuantas caricias suaves -decía él-, para que tenga valor para levantarme". O bien le instaba a que se lo chupara, o, si no lo conseguía, se lo cogía él mismo y se lo sacudía como si fuese una campanilla, mientras se tronchaban de risa los dos. "Nunca conseguiré a esta mala puta -decía-. No me tiene respeto. Eso es lo que saco con hacerle confidencias". Y después, de improviso, podía ser que añadiera: "¿Qué te parece la rubia que te enseñé ayer?", dirigiéndose a Bessie, desde luego. Y Bessie se burlaba de él, diciendo que no tenía gusto: "¡Oh, no me vengas con ese rollo!", decía él. Y después, de chunga, quizá por milésima vez, porque ya se había convertido en una broma constante entre ellos: "Oye, Bessie, ¿nos echamos un polvo rápido? Sólo un polvete...¿no?" Y, después de que el intento hubiera fracasado como de costumbre, añadía en el mismo tono: "Bueno, ¿y a él? ¿Por qué no te lo tiras?".
Lo que pasaba con Bessie era, sencillamente, que no podía, o no quería, considerarse una gachí para un polvo. Hablaba de pasión, como si se tratara de una palabra recién creada. Se apasionaba por las cosas, incluso por algo tan nimio como un polvo. Tenía que poner el alma en lo que hacía.
- A veces yo también me apasiono-decía Van Norden.
-¿Tú? -decía Bessie-. Tú no eres más que un sátiro agotado. Tú no sabes lo que significa la pasión. Cuando tienes una erección, crees estar apasionado.
-Bueno, quizá no sea pasión..., pero no puedes apasionarte si no tienes una erección, ¿es verdad o no?:"


"Mientras veo a Van Norden atacarla, me parece que estoy viendo a una máquina cuyos engranajes se han soltado. Si se los dejase así, podrían seguir de ese modo para siempre, crujiendo y soltándose, sin que nada ocurriera nunca nada. Hasta que una mano pare el motor. La visión de los dos acoplados como una pareja de cabras sin la menor chispa de pasión, moviendo y moviendo las caderas sin otra razón que los quince francos, borra en mí cualquier vestigio excepto el inhumano de satisfacer mi curiosidad. [...] Es como osbservar una de esas más máquinas locas que vomitan periódicos a millones, billones y trillones con sus titulares sin sentido. La máquina parece más sensible, a pesar de su locura, más fascinante, que los seres humanos y que los acontecimientos que la produjeron. Mi interés por Van Norden y por la muchacha es nulo...[...]Mientras falte esa chispa de pasión, la actuación carecerá de significado humano. Es mejor observar la máquina. Y estos dos son como una máquina cuyos engranajes se han soltado. Necesita el toque de una mano humana para arreglarla. Necesita a un mecánico.
[...]Alguien tiene que poner la mano en la máquina y forzarla para que los engranajes vuelvan a encajar bien. Alguien tiene que hacer eso sin esperar recompensas, sin preocuparse por los quince francos; alguien cuyo pecho sea tan delgado, que si le prendieran una medalla, quedaría jorobado. Y alguien tiene que dar de comer a una tía hambrienta sin temor que se le vuelva a salir. De lo contrario, este espectáculo no acabará nunca. No  hay forma de salir de este lío...."


"Ahora se puede comprender cómo se apodera de la conciencia de los hombres la idea del cielo, cómo gana terreno incluso después de que hayan derribado todos los puntales en que se sostiene. Tiene que haber otro mundo además de esta ciénaga en que se arroja todo desordenadamente. Resulta difícil imaginar cómo puede ser ese cielo con que sueñan los hombres. Un cielo de sapos, indudablemente. Miasma, basura, nenúfares, agua estancada. Estar sentado en una hoja de nenúfar sin que te molesten y croar todo el día. Algo así, me imagino".


"Si alguna vez llega efectivamente, puede buscarme abajo, justo detrás del retrete. Probablemente me dirá inmediatamente que es malsano. Esa es la primera cosa que se les ocurre a las mujeres americanas con respecto a Europa: que es malsana. Les resulta imposible concebir un paraíso sin instalaciones sanitarias modernas. Si encuentran una chinche, quieren escribir inmediatamente una carta a la Cámara de Comercio. ¿Cómo voy a explicarle nunca que estoy contento aquí? Dirá que me he vuelto un degenerado. Conozco su rollo del principio al fin. Querrá que busquemos un estudio con jardín...y bañera, con toda seguridad. Quiere ser pobre de forma romántica. La conozco. Pero esta vez estoy preparado."


"Si intento recordar mi vida en Nueva York, capto unos pocos fragmentos hechos trizas, espeluznantes y cubiertos de verdín. Parece como si mi propia existencia hubiera llegado a su fin en algún lugar, exactamente dónde no puedo decirlo. Ya no soy americano, ni neoyoquino, y menos todavía europeo,  ni parisino. Ya no debo lealtad a ningún país, ni tengo responsabilidad, ni odios, ni preocupaciones, ni prejuicios, ni pasión. No estoy ni a favor ni en contra. Soy neutral".


"Era un momento excelente para pasar a toda velocidad por París en un coche descubierto, y el vino que nos daba vueltas en la barriga hacía que pareciera más precioso de lo habitual.[...]En realidad, tenía tan pocas ganas de dejar París como yo. París no le ha sido propicio, como tampoco lo había sido para mí, ni para nadie, si vamos a eso, pero cuando has sufrido y soportado cosas aquí, entonces es cuando París se apodera de tí, podríamos decir que te agarra de los cojones, como una puta enamorada que prefiere morir a soltarte".


"A veces, mientras estaba allí de pie cambiando el agua al canario, me preguntaba qué impresión haría a las damas elegantes a las que observaba entrar y salir de los magníficos urinarios de los Champs-Elysées. Me preguntaba si llevarían el pompis tan alto, si supieran el concepto que merecía aquí un culo. Indudablemente, en su mundo todo era gasas y terciopelo...o al menos ésa era la impresión que te daban con los finos perfumes que exhalaban al pasar presurosas a tu lado. Algunas de ellas no habían sido siempre damas tan finas; algunas de ellas subían y bajaban veloces simplemente para anunciar su comercio. Y quizá: cuando se quedaban solas, cuando hablaban en voz alta en la intimidad de sus tocadores, quizá también salieran de sus bocas cosas extrañas; porque en ese mundo, como en cualquier otro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura, sólo que tienen la suerte de poder tapar el cubo".




"Y lo más gracioso es una vez más que podía viajar por todo el globo, pero América nunca me acudía al pensamiento; estaba todavía más perdida que un continente perdido, porque por los continentes perdidos sentía cierto apego misterioso, mientras que por América no sentía nada en absoluto".


""¿Por qué no me enseñas ese París -dijo-, sobre el que has escrito?". Lo que sé es que, al recordar esas palabras, comprendí de repente la imposibilidad de revelarle nunca aquel París que yo había llegado a conocer, el París cuyos arrondissements son imprecisos, un París que nunca ha existido excepto en virtud de mi soledad, de mi deseo de ella. ¡Un París tan inmenso! Se tardaría toda una vida en volver a explotarlo. Ese París, cuya llave sólo yo poseía, no se presta en absoluto a un paseo, ni siquiera con la mejor de las intenciones; es un París que hay que vivir, que hay que experimentar cada día en mil formas diferentes de tortura, un París que crece dentro de ti como un cáncer, y crece y crece hasta que te devora."




"Hasta entonces no había encontrado un solo amigo en París, circunstancia que era más asombrosa que deprimente, pues por dondequiera que he vagado en este mundo la cosa más fácil de descubrir ha sido amigos. Pero, en realidad, todavía no me había ocurrido nada muy terrible. Se puede vivir sin amigos, de igual modo que se puede vivir sin amor, o incluso sin dinero, ese supuesto sine qua non. Se puede vivir en París -¡eso lo descubrí! simplemente de pena y de angustia. Amargo alimento..., quizás el mejor que existe para ciertas personas. El caso es que todavía no había apurado el cáliz de la amargura. Estaba coqueteando simplemente con el desastre."


"¡Qué delicia debe de ser para la sádica encontrar a su propio masoquista! Morderse a sí misma, por decirlo así para probar el filo de sus dientes. En aquella época, cuando la conocí, estaba saturada de Strindber. Ese salvaje carnaval de gusanos en que se recreaba, ese eterno duelo de los sexos, esa ferocidad de araña que le había granjeado el aprecio de los obtusos patanes del norte, eso fue lo que nos unió. Nos juntamos en una danza de la muerte y tan rápidamente me vi absorbido en el torbellino, que, cuando volví a salir a la superficie, no pude reconocer el mundo. Cuando me vi libre, la música había cesado; el carnaval había acabado y a mí me habían descarnado..."


"Entonces entendí por qué atrae París a los torturados, a los alucinados, a los grandes maníacos del amor. Entendí por qué puedes aquí, en pleno eje de la rueda, abrazar las teorías más fantásticas, más imposibles, sin que te parezcan extrañas lo más mínimo; aquí es donde vuelves a leer los libros de tu juventud y los enigmas adquieren significados nuevos, uno por cada cana. Caminas por las calles sabiendo que estás loco, poseído, porque es más que evidente que esas caras frías, indiferentes, son los rostros de tus carceleros. Aquí todos los límites se desvanecen y el mundo se manifiesta como el matadero demencial que es".


"Sin embargo, no me puedo quitar del pensamiento la discrepancia existente entre las ideas y la vida. Una dislocación permanente, aunque intentemos cubrir unas y otras con un toldo brillante.Y no servirá de nada. Las ideas tienen que ir unidas a la acción; si no hay sexo ni vitalidad en ellas, no hay acción. Las ideas no pueden existir solas en el vacío de la mente. Las ideas están relacionadas con la vida -ideas hepáticas, ideas renales, ideas intersticiales. Si sólo hubiera sido por una idea, Copérnico habría hecho añicos el macrocosmos existente y Colón habría zozobrado en el mar de los Sargazos. La estética de la idea produce macetas, y las macetas se colocan en el alféizar de la ventana. Pero, si no hubiera lluvia ni sol, ¿de qué serviría colocar las macetas fuera de la ventana?".


"Hasta ahora, mi idea, al colaborar conmigo mismo, ha sido abandonar el patrón oro de la literatura. En pocas palabras, mi idea ha sido presentar una resurrección de las emociones, describir la conducta de un ser humano en la estratosfera de las ideas, es decir, presa del delirio. Retratar a un ser presocrático, a una criatura mitad cabra, mitad Titán. En resumen, erigir un mundo sobre la base de omphalós, no sobre una idea abstracta clavada a una cruz."


"Cuando me asomo a ese coño exhausto de una puta, siento el mundo entero debajo de mí, un mundo que se tambalea y se desmorona, un mundo usado y pulido como el cráneo de un leproso. Si hubiera un hombre que se atreviese a decir todo lo que pensaba en este mundo, no le quedaría ni un metro cuadrado en que plantar los pies.[...] Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente su experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.
En los cuatrocientos años transcurridos desde que apareció la última alma devoradora, el último hombre que conoció el significado del éxtasis, ha habido una decadencia constante en el arte, en el pensamiento, en la acción. El mundo está acabado: no queda ni un pedo seco.[...] El cráter seco, agotado, es obsceno. Más obscena que nada es la inercia. Más blasfema que el juramento más horrible es la parálisis. Si sólo queda una herida profunda, debe manar, aunque sólo produzca sapos y murciélagos y humúnculos".


"Hoy me he despertado de un sueño profundo con imprecaciones de júbilo en los labios, con palabras incoherentes en la lengua, repitiendo para mí mismo como una letanía: "Fais ce que vouldras...! fais ce que vouldras!" Haz cualquier cosa, pero que produzca gozo. Haz cualquier cosa, pero que produzca éxtasis. Tantas cosas me acuden al pensamiento, cuando me digo esto: ímágenes, alegres, terribles, enloquecedoras, el lobo y la cabra, la araña, el cangrejo, la sífilis con las alas desplegadas y la puerta de la matriz nunca con el cerrojo echado, siempre abierta, preparada como la tumba. Lujuria, crimen, santidad: las vidas de mis seres adorados, los fracasos de mis seres adorados, las palabras que dejaron tras ellos, las palabras que dejaron inacabadas; lo bueno que arrastraron tras ellos y lo malo, la pena, el desacuerdo, el rencor, la rivalidad que crearon. Pero, sobre todo, ¡el éxtasis!".


"Tanto es así, que casi siento la tentación de decir:"¡Mostradme a un hombre que se explaye exageradamente y os mostraré a un gran hombre!" Lo que se considera "exageración" es mi debilidad: es la señal de la lucha, es la propia lucha con todas las fibras adheridas a ella, el aura y el ambiente mismos del espíritu disconforme. Y cuando me mostréis a un hombre que se exprese perfectamente, no diré que no sea grande, pero sí que no me atrae...[...] Veo que, tras las molestias e intrusiones diarias, tras la vil y reluciente malicia de los débiles y los inertes, se encuentra el símbolo del poder frustrante de la vida, y que quien quiera crear orden, quien desee sembrar rivalidad y desacuerdo, porque esté imbuido de voluntad, ese hombre ha de ir a parar una y otra vez a la hoguera y a la horca. Veo que, tras la nobleza de sus gestos, se oculta el espectro de la ridiculez de todo ello...que no sólo es sublime,  sino también ridículo.
En un tiempo pensaba que el ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano, que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡pertenezco a la tierra![...] Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente, veo el esqueleto bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y las ampulosas páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento, mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo, indeseable, de borracho, seguirá manando sin cesar, a través de las mentes de los que han de venir, a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción.[...] Y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriago, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano."


"Puede que estemos condenados, que no haya esperanzas para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, y las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos en el borde del cráter, una última danza agónica. ¡Pero una danza auténtica!".


"Solo, despavorido y con una tremenda añoranza vacía. Toda la habitación para mis pensamientos. Sólo yo y lo que pienso, lo que temo.
Podría pensar las cosas más fantásticas, podría bailar, escupir, hacer muecas, blasfemar, gemir: nadie lo sabría nunca, nadie lo oiría nunca. La idea de una intimidad tan absoluta es suficiente para volverme loco. Es como un parto enteramente. Todo cercenado. Separado, desnudo, solo. Dicha y agonía simultáneamente. El tiempo a tu disposición. Cada segundo pesa sobre ti como una montaña. Te ahogas en él. Desiertos, mares, lagos, océanos. El tiempo que pasa golpeando como un cuchillo de carnicero. La nada. El mundo. El yo y el no yo. Umaharumuma. Todo debe tener un nombre. Todo debe aprenderse, probarse, experimentarse. Faites comme chez vous, chéri."


"Me sentía como un hombre que acaba de escapar de la cárcel. Sólo quería ver y oír cosas. El trayecto desde la estación fue como un largo sueño. Me sentía como si hubiera estado ausente durante años".


"Habría dado la vida por Francia..., un año antes. Nunca he visto a un hombre tan apasionado por un país, tan feliz bajo un cielo extranjero. No era natural. Cuando decía France, quería decir vino, mujeres, dinero en el bolsillo que como viene se va. Quería decir travesuras, estar de vacaciones. Y después, cuando se hubo corrido sus juergas, cuando el viento se llevó la lona y pudo contemplar el cielo, se dio cuenta de que no estaba en un circo, sino en un ruedo, exactamente igual que en cualquier otro sitio. Y, además, más siniestro que la hostia.[...]No es de extrañar que piensen que estamos todos locos. Para ellos estamos locos. Somos simplemente una pandilla de niños. Idiotas seniles. Lo que nosotros llamamos vida es una novela de tres reales. Ese entusiasmo por debajo, ¿qué es? ¿Ese entusiasmo de pacotilla que revuelve el estómago a cualquier europeo común? Es ilusión. No, ilusión es una palabra demasiado buena para eso. Ilusión significa algo. No, no es eso: es un engaño. Un puro engaño, eso es lo que es."