sábado, 7 de diciembre de 2013

POESÍA 26: "O CAPTAIN, MY CAPTAIN" DE WALT WHITMAN.


O CAPTAIN, MY CAPTAIN! 



1

O CAPTAIN! my Captain! our fearful trip is done; 
The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won; 
The port is near, the bells I hear, the people all exulting, 
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring: 
But O heart! heart! heart! 
O the bleeding drops of red, 
Where on the deck my Captain lies, 
Fallen cold and dead. 

2

O Captain! my Captain! rise up and hear the bells; 
Rise up—for you the flag is flung—for you the bugle trills; 
For you bouquets and ribbon’d wreaths—for you the shores a-crowding; 
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning; 
Here Captain! dear father! 
This arm beneath your head; 
It is some dream that on the deck, 
You’ve fallen cold and dead. 

3

My Captain does not answer, his lips are pale and still; 
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will; 
The ship is anchor’d safe and sound, its voyage closed and done; 
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won; 
Exult, O shores, and ring, O bells! 
But I, with mournful tread, 
Walk the deck my Captain lies, 
Fallen cold and dead. 


Walt Whitman.

Para los que no lo pueden entender en su versión original, aquí lo dejo en su traducción en español:

OH CAPITÁN, MI CAPITÁN

1

Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,
ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo que entre vítores,
con la mirada sigue la nao soberana.
Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
cómo los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi Capitán
permanece extendido, helado y muerto?

2

Oh Capitán, mi Capitán:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.
Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.
Oh Capitán, ¡mi Padre amado!
Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.
Es sólo una ilusión que en este puente
te encuentres extendido, helado y muerto.

3

Mi padre no responde.
Sus labios no se mueven.
Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.
No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.
Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente do está mi Capitán
para siempre extendido, helado y muerto.


Walt Whitman.

viernes, 6 de diciembre de 2013

"TODAS LAS LÁGRIMAS DE DORA MAAR" POR MANUEL VICENT.

TODAS LAS LÁGRIMAS DE DORA MAAR



"En el cuadro del Guernica aparecen cuatro mujeres entre los escombros del bombardeo, todas con la boca abierta por un grito de terror, las cuatro mujeres son la misma, Dora Maar, la amante de Picasso en aquel tiempo. Hay un detalle añadido: los ojos del toro erguido en el ángulo izquierdo también son los de Dora Maar, que en la realidad eran de un azul pálido y algún psicoanalista lacaniano sabrá explicar el significado de un toro con ojos de mujer, que a su vez son idénticos a los del guerrero, cuyo cuerpo se halla destrozado en la base del cuadro.

Picasso conoció a Dora Maar a principios de 1936. Su encuentro se ha convertido ya en una fábula excelsa de sadomasoquismo. Estaba el pintor una noche en el café Deux Magots de París con el poeta Paul Éluard y vio que en la mesa vecina una joven parecía entretenerse dejando caer la punta de una navaja entre los dedos separados de su mano enguantada, abierta sobre el mármol del velador. No siempre acertaba, puesto que el guante estaba manchado de sangre. El pintor se dirigió a ella en francés y la joven le contestó en un español gutural, la voz un poco ronca, temblorosa, con acento argentino. Después de una excitada conversación el pintor le pidió la prenda ensangrentada como recuerdo y ella le dio a Picasso no sólo el guante sino la mano y el resto del cuerpo, sin excluir su alma atormentada, no en ese momento, puesto que Picasso, presintiendo la tempestad amorosa que se avecinaba, echó tierra por medio y se fue a la Costa Azul, pero allí en casa de unos amigos comunes se volvió a encontrar con la mujer ese verano y ya no tuvo escapatoria. Bajo el esplendor mórbido del sol de Mougins, filtrado por los sombrajos de cañizo, sus cuerpos comenzaron a cabalgar en busca de la violenta alma contraria.

Dora Maar no era una neófita en esta batalla con los hombres. Venía de los brazos de Georges Bataille, rey de la transgresión erótica, con quien había experimentado todos los sortilegios de la carne. Según su teoría los burdeles deberían ser las verdaderas iglesias de París. Bataille, junto con Breton, lideraba el grupo surrealista de izquierdas Contre-Attaque, que se reunía en un ático muy amplio de la Rue des Grands Agustins, 7, y se había hecho famoso por el libro Historia de un ojo, una mezcla de pornografía y lirismo con aditivos de violencia, autodestrucción y ceguera: el ojo -huevo que se introduce en la vagina-. En ese mundo se movía Dora Maar, exótica, bella y radical, siempre coronada con sombreros extravagantes.

Dora Maar era pintora, fotógrafa y poeta, hija de madre francesa y de un arquitecto croata, instalado en París, que encontró trabajo durante algunos años en Argentina. Con ella atravesó Picasso los años de la Guerra Civil española y la ocupación nazi de París, desde 1936 a 1943, un tiempo en que el pintor vivía en medio de un vaivén de mujeres superpuestas. Su esposa Olga había sido suplantada por la dulce y paciente Marie Thérèse Walter, de la que le había nacido su hija Maya, y ese oleaje le había traído, como el madero de un naufragio, a Dora Maar, que tuvo que desplegar todas las artes para agarrar y no soltar los testículos de aquel toro español del Guernica, que según algunos críticos es el autorretrato del pintor.

A inicios del año 1937 el Gobierno de la República española le encargó un mural a Picasso para la Exposición Internacional de París, que iba a inaugurarse en el mes de mayo. El contrato lo formalizó el cartelista Josep Renau, director general de Bellas Artes, en un bistró de la Rue de Bôetie, sobre una servilleta de papel y después se fue a jugar al futbolín con Tristán Tzara. La tragedia española estaba en su apogeo. Picasso sólo quiso cobrar los materiales, el lienzo y las pinturas, que, por cierto, fueron de una evidente mala calidad, como demuestra el deterioro en que se encuentra la obra. Dora Maar conocía el ático de la Rue des Grans Agustins, donde había celebrado diversas ceremonias demoniaco-surrealistas. Se lo mostró a Picasso para que lo alquilara.

El local era famoso porque Balzac había situado allí la novela La obra maestra desconocida, que trata de la obsesión de un pintor por representar lo absoluto en un cuadro. Dora Maar pensó que en el local había espacio suficiente para trabajar en un cuadro de gran tamaño. Y en ese ático comenzó Picasso una doble lucha. Durante los primeros meses no se le ocurría nada. Comenzó a realizar bocetos en torno a una especie de tauromaquia en medio de la convulsión de los desastres de una guerra, mientras Dora Maar iba levantando acta con la cámara de los esfuerzos y arrepentimientos del artista. En unos bocetos el caballo relinchaba abajo, en otros el toro mugía de otro lado. Dora Maar era a la vez testigo y protagonista, puesto que su rostro de frente ovalada y grandes ojos como lágrimas se repetía en todos los intentos en distintas figuras femeninas. Picasso incluso dejó que su amante pintara algunas rayas.

Mientras el Guernica tomaba la forma definitiva, alrededor del lienzo se había establecido otra suerte de bombardeo, que causó una catástrofe amorosa. En el ático entró un día la dulce y paciente Marie Thérèse Walter y se enzarzó a gritos con Dora Maar. Con insultos que se oían desde la calle, le echó en cara el haberle robado a su amante, al que ella había dado una hija. A esta escena violenta de celos se unió Olga, la compañera legal, y mientras las tres mujeres gritaban, Picasso seguía alegremente pintando el Guernica, muy divertido. Esta reyerta explosiva se hizo famosa en el Barrio Latino. El día 26 de abril de 1937, cuando el cuadro ya estaba casi terminado, sucedió el espantoso bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor. En homenaje a esa villa bilbaína, donde se conservaban los símbolos de un pueblo vasco, Picasso tituló el cuadro con su nombre. A partir de ese momento el Guernica se convirtió en un cartel universal contra la barbarie.

La batalla la había ganado Dora Maar. Ese mismo verano de 1937 se les ve muy felices en las playas de Antibes en compañía de otros seres maravillosos, desnudos en sillones y hamacas, Nush y su marido Éluard, Man Ray y su novia Ady, bailarina de Martinica, Lee Miller y Rolland Penrose, Jacqueline Lamba y André Bréton. Jugaban a intercambiarse los nombres y las parejas a la hora de la siesta y el más vanguardista en el sexo también era Picasso, que, según contaba Marie Térèse, solía practicar la coprofagia con sumo arte.

Picasso ejerció sobre Dora Maar otra suerte de sortilegio a la manera de su antiguo amante Georges Bataille. La convirtió en La mujer que llora: así aparece, erizada por el llanto en casi todos los cuadros en que ella le sirvió de modelo. Hasta su separación sumamente traumática Dora Maar fue la Dolorosa traspasada por siete navajas, que eran todas la misma que ella usaba el día en que se conocieron en el café Deux Magots, un símbolo del dolor de la guerra y del placer de la carne.

"Después de Picasso, sólo Dios", exclamó Dora Maar ante Lacan, el psicoanalista que la ayudó soportar el abandono del pintor. La mujer entró en una fase mística, se retiró del mundo, se encerró en su apartamento de París y sobrevivió un cuarto de siglo al propio artista. Murió en 1997, a los 90 años. En el Guernica sus ojos en forma de lágrimas se repiten en el toro, en el guerrero, en la madre que grita de terror con un niño muerto en los brazos, en la mujer que huye desnuda bajo las bombas, tal vez, desde un lavabo con un papel en la mano y en la que saca una lámpara por la ventana e ilumina todas las tragedias de la historia".

Manuel Vicent (En El País, 26.12.2009).

POESÍA 25: "CREACIÓN" DE CESARE PAVESE.

Creación



Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

Cesare Pavese.
Para los que puedan leer y entender el italiano aquí lo dejo en su versión original:
“Creazione”
Sono vivo e ho preso le stelle all’alba.
La mia compagno continua a dormire e ignorarlo.
Tutti miei compagni dormire. Il giorno chiaro
pulitore mi è stato rivelato che i volti letargici.

Da lontano, passare un vecchia strada di lavorare
o per godersi la mattina. Noi non siamo diversi
respirare sia uguale chiarezza
e il fumo per calmare il ventre.
Anche il corpo del vecchio dovrebbero essere sani
e vibrante – prima la mattina, dovrebbe essere nudo.

Questa mattina la vita scivola attraverso l’acqua
e il sole circa il riflesso dall’acqua
Sempre giovane, i corpi di tutti per essere
scoperto.
Sarà il sole raggiante e la ruvidezza del mare aperto
la fatica e greggio indebolimento sotto il sole,
e l’immobilità. Essere la compagna
-Un corpo segreto. Ognuno sentirai la sua
voce.
Nessuna voce rompe il silenzio dell’acqua
sotto l’alba. E neppure tutto ciò che è spaventoso
sotto il cielo. Solo un calore che diluisce le stelle.
Sentite la mattina scuote vibra
vergine, come se nessuno fosse sveglio.

Cesare Pavese


RELATO: "EL ELEFANTE" DE SLAWOMIR MROZEK.

EL ELEFANTE



El director del Jardín Zoológico ha demostrado ser un advenedizo. Consideraba a sus animales simplemente como peldaños en la escalera de su propia carrera. Era indiferente a la importancia educativa de su establecimiento. En su Zoo la jirafa tenía un cuello corto, el tejón no tenía madriguera y los silbadores, habiendo perdido todo interés, silbaban rara vez y con cierta reluctancia. Estos fallos no deberían haber sido permitidos, especialmente dado que el Zoo era visitado a menudo por grupos de escolares.

El Zoo estaba situado en una ciudad provinciana, y le faltaban algunos de los animales más importantes, entre ellos el elefante. Tres mil conejos era un pobre substituto para el noble gigante. Sin embargo, a medida que nuestro país se desarrollaba, iban siendo colmados los huecos en forma bien planificada. Con ocasión del aniversario de la liberación, el 22 de julio, se le notificó al Zoo que finalmente se le había asignado un elefante. Todo el personal, devoto de su trabajo, se alegró ante esta noticia, y por consiguiente fue muy grande la sorpresa cuando se enteraron de que el director había enviado una carta a Varsovia, renunciando a la asignación  y presentando un plan para obtener un elefante por medios más económicos.

"Yo, y todo el personal", había escrito, "nos damos cuenta de la pesada carga que cae sobre los hombros de los mineros y los obreros metalúrgicos polacos a causa del elefante. Deseosos de reducir costos, sugiero que el elefante mencionado en su comunicado sea reemplazado por uno realizado por nosotros mismos. Podemos construir un elefante de goma, del tamaño correcto, llenarlo de aire y colocarlo tras una cerca. Será cuidadosamente pintado con el color correcto y hasta de cerca resultará indistinguible del verdadero animal. Es bien conocido que el elefante es un animal lento y pesado, y que ni corre ni salta. En el cartel de la cerca podemos indicar que este elefante en particular es especialmente lento y pesado. El dinero ahorrado de esta manera podrá ser dedicado a comprar un avión a reacción o a conservar algún monumento religioso. Le ruego humildemente que tenga en cuenta que tanto la idea como su ejecución son mi modesta contribución a la tarea y lucha comunes." 

"Quedo, etc."

Este comunicado debió llegar a algún burócrata sin alma, que contemplaba sus tareas en una forma puramente mecánica, y que no examinó la trascendencia del asunto sino que, siguiendo únicamente las directrices acerca de la reducción de gastos, aceptó el plan del director.

Al tener noticia de la aprobación del Ministerio, el director dio órdenes para que se confeccionara el elefante de goma.

Este iba a ser hinchado de aire por dos empleados que soplarían por extremos opuestos. Para mantener la operación en secreto, el trabajo se realizaría durante la noche, pues los habitantes de la ciudad, habiendo oído que iba a llegar un elefante al Zoo, estaban ansiosos por verlo. El director insistió en dar prisas, además, porque esperaba un premio, si su idea resultaba ser un éxito.

Los dos empleados se encerraron en un cobertizo que habitualmente albergaba un taller, y comenzaron a soplar. Tras dos horas de duros esfuerzos, descubrieron que la piel de goma apenas se había alzado unos centímetros sobre el suelo y que la masa no se parecía en lo más mínimo a un elefante.

Transcurría la noche. En el exterior, las voces humanas se habían acallado y solo los gritos de los chacales cortaban el silencio. Exhaustos, los empleados dejaron de soplar y se aseguraron de que el aire que ya estaba en el interior del elefante no se escapase. Ya no eran jóvenes y no estaban acostumbrados a este tipo de trabajo.

-Si seguimos a este ritmo-dijo uno de ellos-, no acabaremos antes de la mañana y, ¿qué es lo que le voy a decir a mi señora? Nunca me creerá si le digo que he pasado la noche hinchando un elefante.

-Tienes razón- admitió el segundo empleado-. El hinchar un elefante no es un trabajo que se dé todos los días. Y todo porque nuestro director es un izquierdista.

Siguieron soplando, pero después de otra media hora se sintieron demasiado cansados como para continuar. El bulto en el suelo era mayor, pero aún seguía sin tener la forma de un elefante.

-Cada vez resulta más difícil- dijo el primer empleado.

-Sí, es un trabajo cuesta arriba- convino el segundo-. Descansaremos un poco.

Mientras estaban descansando, uno de ellos se fijó en una tubería de gas rematada por una espita. ¿No podrían llenar el elefante con gas? Se lo sugirió a su compañero.

Decidieron intentarlo. Enchufaron el elefante a la cañería de gas, abrieron la espita y, para su alegría, vieron como a los pocos minutos se alzaba un animal de buen tamaño en el cobertizo. Parecía real: el enorme cuerpo, patas como columnas, grandes orejas y la inevitable trompa. Movido por su ambición, el director se había asegurado el tener en su Zoo un elefante verdaderamente grande.

-De primera clase- declaró el empleado que había tenido la idea de usar el gas-. Ahora ya podemos irnos a casa.

Por la mañana, el elefante fue trasladado a un lugar especial, muy céntrico, junto a la jaula de los monos. Colocado frente a una gran roca verdadera, parecía imponente y magnífico. Un cartel proclamaba: "Particularmente lento y pesado. Apenas si se mueve".

Entre los primeros visitantes de aquella mañana se hallaba un grupo de niños de la escuela local. El maestro que los tenía a su cargo planeaba darles una lección acerca del elefante. Detuvo al grupo frente al animal y comenzó:

-El elefante es un mamífero hervívoro. Por medio de su trompa arranca arbolillos y se come sus hojas.

Los niños estaban contemplando al elefante con embelesada admiración. Esperaban que arrancase un arbolillo, pero la bestia permanecía quieta tras la cerca.

-...el elefante es un descendiente directo del ya extinto mamut. Por consiguiente, no es sorprendente que sea el más grande de los animales terrestres hoy vivos.

Los alumnos más conscientes estaban tomando notas.

-...solo la ballena es más pesada que el elefante, pero la ballena vive en el mar. Podemos decir, con toda seguridad, que en tierra firme el elefante reina supremo.

Una suave brisa movió las ramas de los árboles del Zoo.

-...el peso de un elefante adulto es de tres y media a cinco toneladas.

En aquel momento, el elefante se estremeció y se alzó en el aire. Por unos segundos flotó a poca altura sobre el suelo, pero una ráfaga de viento lo arrastró hacia arriba hasta que su gigantesca silueta quedó recortada contra el viento.

Durante un corto espacio de tiempo, la gente pudo ver desde abajo los cuatro círculos de sus patas, su abultada tripa y la trompa, pero pronto, impulsado por el viento, el elefante voló sobre la cerca y desapareció por encima de las copas de los árboles.

Los asombrados monos se quedaron mirando al cielo desde el interior de su jaula.

Hallaron al elefante en el cercano jardín botánico. Había aterrizado sobre un cactus y había pinchado su piel de goma.

Los escolares que habían contemplado la escena en el Zoo pronto comenzaron a descuidar sus estudios y se convirtieron en gamberros. Se dice que beben licores y rompen ventanas. Y ya no creen en los elefantes.


Slawomir Mrozek.


jueves, 5 de diciembre de 2013

POESÍA 24:"CONFESIÓN" DE JUAN GUSTAVO COBO BORDA.


CONFESIÓN



Tu olor
el incontrovertible
y brutal olor del amor-
permanece intacto
mientras los besos
se volatilizan
en su propio júbilo
y la humedad
se hace una con la piel.
Tu olor, en cambio,
impregna hasta la médula.
Hasta ese lugar recóndito
donde el deseo anida
y obliga a dejar intactos
los platos del almuerzo
y a danzar de nuevo
hacia la cama,
muertos de hambre
de amor. 


Juan Gustavo Cobo Borda.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

CUENTO: "CÓMO OCURRIÓ" DE JOHN GAWSWORTH.




El desdichado loco Stanley Barton ha muerto. Tal vez el lector recuerde la vista de su juicio o, dado que este tipo de casos no despiertan más que un interés pasajero, tal vez no.
   El infeliz se pasaba el día entero mirando por la ventana de su celda con ojos desencajados, y no tardamos en observar que éstos buscaban siempre un bosquecillo de abetos que se alzaba dentro de los estrechos límites que abarcaba su vista. A veces, especialmente los días de mucho calor, se comportaba de un modo extraordinariamente violento, y era necesario adoptar las medidas de rigor para impedir que se lesionase a sí mismo o a alguno de sus celadores. Murió en el curso de uno de tales ataques, dejando el siguiente relato de su crimen, que parece ofrecer suficiente interés al estudioso de la locura y de la criminología para que merezca ser publicado.

   ¿Eres débil, amigo? ¡No! Me gustaría preguntarte cómo demonios lo sabes. ¿Te han puesto alguna vez a prueba? ¿Te han tensado y retorcido en alguna ocasión todos los nervios y fibras de tu cuerpo hasta ver si saltaban hechos pedazos? ¿Estás seguro de esa pequeña cavidad que tienes en el lado izquierdo? ¿Confías en ese minúsculo coágulo que se esconde sobre tu ceja derecha? Creo que ahí puede albergarse cierta debilidad. Voy a ponerte a prueba. G-r-r-u-p. ¡Chas! ¡Ah, ya lo decía yo! ¡Al manicomio con él! ¡Es un hombre débil! Pero, cuidado, no fue ése mi caso. Porque yo era fuerte, sí, muy fuerte, ¡en alma y cuerpo! Yo les había pasado revista a todos, desde la tapa de mi cráneo hasta  las plantas de mis pies, probándolos uno a uno, y los encontré todos en perfecto estado. Pero luego me enzarcé con Ellos en una lucha, y Ellos me los partieron todos a la vez, todos, los grandes y también los pequeños, que hasta que no saltaron en dos no parecían tener demasiada importancia. Y entonces Ellos me trajeron aquí, donde tendría que ser el Rey, pues los míos están todos rotos, mientras que los demás no han perdido más que uno o dos. A veces los de los otros se arreglan y entonces se van, pero las puntas de los míos chirrían cuando se rozan, haciéndome un daño espantoso, y ya nunca se recompondrán.
   Además, aún tengo memoria, y eso volvería a hacerlos saltar otra vez. Fue mi hermano quien tuvo la culpa, ¿sabes? Él fue el causante de todo. Empezaré por decirte que yo lo odiaba desde que tuve uso de razón. Era unos cuantos años mayor que yo y todos le llamaban «Guapo». Era alto y rubio y gustaba a las chicas. Había una a la que gustaba muy especialmente, una a la que yo amaba. Se llamaba Margery, y era muy hermosa. Pero a mí no me importaba que le gustase mi hermano. Podía permitirme el lujo de esperar, ¿sabes?, porque, aunque yo era moreno y de baja estatura, sabía que era mejor que él. En una ocasión, estando Margery presente, se lo hice saber así a mi hermano.
   —¡Maldito sea!—rugió—, ¡más le valdría tener un poco más de orgullo y no andar por ahí metiendo las narices donde nadie le llama! ¿No te parece, Margery? —y los dos se echaron a reír—. ¡Largo de aquí!—añadió. Dieron media vuelta y se fueron.
   Vivíamos entonces en el corazón del condado de Surrey, y todas las noches, a las ocho y media, mi hermano cruzaba los campos de labor situados a un extremo de nuestra finca y se encontraba con Margery en el bosquecillo de abetos que cerraba el horizonte por aquel lado. Sé que iba allí todas las noches porque yo solía seguirlo y espiaba sus devaneos amorosos desde mi escondite en lo alto de un árbol. Yo era muy ágil, te lo aseguro, tan ágil como un gato.
   Pues bien, una noche, poco después del desaire de mi hermano, me dirigí hacia allí tomándole la delantera. Había decidido que ya no amaba a Margery por haberse reído de mí de un modo tan mezquino. En la oscuridad, ella no podía ver quién se aproximaba, y al oír mis pasos salió de la espesura y corrió a mi encuentro, tomándome por mi hermano. Era una pobre estúpida, y no perdí el tiempo. La atravesé con el cuchillo de trinchar que había cogido del aparador del comedor y que llevaba oculto bajo el abrigo. Puso una cara increíblemente cómica. Me recordó aquellos lechoncillos que veía siempre los días que había mercado. Profirió un grito de dolor, luego un sollozo ahogado, cayó de bruces y quedó inmóvil en el suelo. Arrojé el cuchillo entre los matorrales. «¡Vaya, Margery, ahora sí que estás graciosa!», le dije mientras la arrastraba por el pelo dentro del bosquecillo. Y con un hierro y un martillo con que—previendo acontecimientos—me había provisto, la ensarté por el pecho a mi árbol. Y luego le cerré la chaquetilla sobre la blusa que iba tiñéndose de rojo para que el hierro que terminaba en un garfio no se viese. Me lo estaba pasando en grande.
   «¿Y qué? ¿Ahora ya no te ríes de mí, Margery?», pregunté, sin poder reprimir a mi vez una risita dándole un puntapié, y su cuerpo no ofreció resistencia la muy idiota.
   No había mucho tiempo que perder, pues mi hermano debía de estar al llegar de un momento a otro, así que trepé a mi escondite en el árbol y até a él fuertemente un cabo de soga que había llevado. Después hice un amplio nudo corredizo al extremo y una pequeña lazada un poco más arriba, y con el martillo clavé otro hierro en el tronco a unos tres pies por encima de donde había atado la soga a la rama. Como puedes ver, nunca tuve la menor duda de que yo era el mejor y sabía lo que había que hacer. Me puse de pie en el árbol con la soga enrollada en mi mano y esperé.
   Mi hermano apareció al cabo de unos momentos.
   Sentí ganas de echarme a reír, ¡todo era tan divertido! En ese instante debió de ver el vestido, pues con voz alegre y aflojando el paso exclamó: «¡Conque estás ahí, eh!», y al avanzar se situó justo debajo de mí. ¡No puedes imaginarte lo fácil que fue todo! Era como jugar a los tejos en una feria. ¡Plop! ¡El lazo corredizo le cayó sobre la cabeza! ¡Blanco! El nudo corredizo se deslizó ajustándosele a la nuca. Me puse de pie con la espalda pegada al árbol, di un tirón, corrí la lazada pequeña de la soga hacia arriba y la anudé al hierro. Abajo mi hermano pataleaba como un poseso. Sus manos se agarraban al cuello y sus piernas coceaban en el aire. Pero la soga era fuerte y podía con él. ¡Oh, qué maravilla! Nunca me había sentido tan feliz. Bajé gateando del árbol y pasé revista a la pareja. Margery estaba en silencio, tenía la cabeza caída hacia delante y sus brazos colgaban inertes. Pero mi hermano seguía pataleando, dale que te dale. Parecía que los ojos fueran a salírsele de las órbitas. Empezó a ponerse de un color morado y unos ruidos escaparon de su garganta.
   —¡Más le valdría tener un poco más de orgullo y no andar por ahí metiendo las narices donde nadie le llama! ¿No te parece, Margery?—le pregunté.
   Pero Margery no parecía entender mis palabras. Las sacudidas dieron paso a la quietud, a una deliciosa quietud. El lastre de la soga se balanceaba dulcemente, movido sólo por la inercia de su propio peso. Miré el pedregoso sendero que se abría tres pies por debajo de los pies colgantes de mi hermano.
   —¡Largo de aquí!—le grité, acompañando mis palabras con un silbido.
Luego di media vuelta y me marché.

John Gawsworth.

martes, 3 de diciembre de 2013

"¿QUEREMOS SER COMO ELLOS?" DE EDUARDO GALEANO.

¿Queremos ser como ellos?




 En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.

 La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.

 Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?

 Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.

 No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.

 Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.

 Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de enfermos de stress.


Eduardo Galeano.